La democracia, explicada a mis hijos

01/10/2019 - (cuaderno de apuntes, ensayos)

Luis Pescetti

                 ¿Por qué preferimos la democracia? Los niños son constructores de sentido, todo lo contrario de caprichosos. Saben que no participan de las gestiones, pero viven las consecuencias.

               Más allá de nuestras convicciones personales, nuestras respuestas deben ser sobre unas bases mínimas comunes. De otra manera reclamarán que actuemos en consecuencia, o lo harán en cuanto puedan, con más altruismo o más violencia. Además, porque seguirán conviviendo con el 25 % o el 70 % que no piensa igual. Deben tener herramientas para interpretar y vivir una realidad plural.

               Digo “bases mínimas” no porque no seamos ambiciosos, sino porque somos distintos. Hay una frágil capa de puntos básicos y, apenas por encima, comienza la convicción de cada uno, el ideal. En eso es menos probable que coincidamos.

               Estos puntos elementales, implican que reconocemos la existencia de “otro”. Alguien que no es de nuestra familia, ni de nuestra creencia, tiene intereses distintos; pero con quien compartimos territorio, recursos, tiempo, necesidades. No quiere decir que veo que estos acuerdos se cumplen, ni tampoco que son infalibles en los resultados; pero eso no quita en nada, que son la maravillosa y potente base común de una sociedad plural.

               Hice esta descripción, no tanto para dársela a leer a los niños, como sí para ordenar mis pensamientos y el tono que quiero transmitirles. El conjunto, o párrafo a párrafo, se convertirá en un cuento, dibujos, explicaciones con ejemplos, graffitis caseros, frases de padres inspiradas democráticamente: “levantemos la mesa entre todos”, “¿quién elige la peli, hoy?”, “no podés servirte más espaguetis sin preguntar”. O bien estas mismas palabras dichas tal cual.

* * *

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Como una forma de

17/07/2019 - (novedades)

Luis Pescetti

Escribir como una forma de rezar (Kafka)

Escribir, como una forma
de rezar,
rezar, como una forma
de besar.
Besar, como quien
respira.
Respirar, como quien
piensa.
Pensar, como una forma
de sonreír.
Sonreír, como quien
abraza.
Abrazar, como quien
cocina.
Cocinar, como una forma
de dar tiempo.
Dar tiempo, como quien
pregunta.
Preguntar, como quien
escribe cartas.
Mandar cartas, como quien
libera y suelta.
Soltar como quien
confía.
Confiar, como quien
regresa.
Y regresar, como quien
empieza.

© Luis Pescetti


(posdata, hagan su propia lista)

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Fundamentos y prácticas de cultura: Conferencia de apertura, Cumbre Cultural de las Américas, 2019 (IFACCA)

06/07/2019 - (ensayos)

Luis Pescetti
IFACCA 2019

PDF conferencia completa, click acá
 

Ser dueños del propio relato

Al leer el periódico EL PAÍS, estos días me llamó la atención el impacto de la serie Chernobyl. El revuelo de entrevistas al guionista, a la Premio Nobel Aleksiévich, réplicas de funcionarios rusos, aumento del turismo en la zona. Me pregunté: ¿Por qué ninguna productora rusa hizo una serie sobre el asesinato del presidente Kennedy, por ejemplo? ¿Y por qué una productora de Estados Unidos hizo la serie “Chernobyl”?

Me lo pregunté pues, por la razón que fuera, uno contó la historia del otro. Hagamos abstracción del contenido por un momento, o de geopolítica o imágenes de guerra fría: el relato de uno quedó en manos de otro.

De ese tipo son nuestros desafíos culturales actuales.

Ser dueños de nuestro propio relato, que encontremos la propia voz, que seamos visibles siendo fieles a nosotros.

El punto con todos los cambios tecnológicos no es que, para estar al día, basta con poner un panel de botones y lucecitas que parpadean, no. Nada envejece tan rápido como el futuro. En mis libros me cuido de nombrar lo menos posible de tecnología precisamente porque envejece rápidamente. Si cuando comencé a escribir “Natacha” la hubiera hecho navegar en internet habría dicho que con “Netscape”. Los cambios se notan y nos afectan de otra manera. ¿En qué los percibo? No importa en qué país, me planto en un escenario sé que esperan dos cosas: Verse representados, y que sea interactivo o los haga participar, de alguna manera[1].

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ANTES, LOS MAESTROS LA FAMILIA SE HACÍAN RESPETAR

15/06/2019 - (cuaderno de apuntes, ensayos)

Luis Pescetti

Desde un medio o cualquier adulto al pasar, convertido en especialista basado en cómo cree recordar la escuela de su infancia deja caer ese diagnóstico. El problema son los límites, antes los maestros tenían más autoridad. LA contrapartida son los maestros que hacen lo mismo, responsabilizando “a la familia del paquete” que no les responde en el aula.
A veces se dice falta autoridad o faltan límites cuando lo que falta es compromiso: que el chico sienta que auténticamente le importa a sus adultos responsables.
Por supuesto que no es lo único que cuenta, pero la lista no viene al caso cuando los chicos patalean porque se sienten invisibles, que no les importan a los adultos que les rodean.
En mis charlas siempre surge la pregunta sobre cómo poner límite a los chicos, conseguir su atención, hacerse respetar. Confesando con más o menos vergüenza o sinceridad, los maestros buenamente a veces no saben cómo manejar 30 o 40 chicos, durante 5 horas, 5 días a la semana, todo el año escolar. ¿Conocen otra profesión que tenga ese desafío de vínculo? Estar frente a un mismo grupo de manera sostenida en esas condiciones, no conozco.
De todos los tips y anécdotas, ahora sólo hago foco en que al maestro, sobre todas las exigencias que le caen, además, “siente que le falta “algo” que haría que lo respetaran, aura, autoridad, mando, lo que sea.
Entonces hablo no sobre una dinámica de confrontación, sino de atención cuidadosa. Los maestros más humanamente comprometidos que conocí son también de los que no me llegan historias sobre problemas de disciplina, no porque no los tengan, pero los abordan sabiendo que los chicos los están midiendo, por ejemplo, “¿Hasta qué punto te importo?”. “¿Sabés de verdad o estás careteando?”. “¿Me vas a dar bola?”.
Cuando digo: a veces se confunde que falta autoridad cuando falta sincero compromiso, algo se distiende en la charla, con esa cuota de alivio que hace al reconocimiento. No me pasó que los maestros sintieran que eso era más difícil. Las expresiones pasan de “¿Qué podría hacer?” a “De acuerdo, entiendo”. De la impotencia a la claridad de tener una herramienta, que no es otra que la cuota humana de dedicar atención a un semejante. Algo que, a la vez, hace que si te cuestiona, desde la autoridad que emana el compromiso podés ordenar.
No es una varita mágica, sólo vean si a esos chicos que “no responden”, les falta autoridad en forma de disciplina, o autoridad en forma de “me importás”.
Luis Pescetti
Buenos Aires – Mendoza (ARG)

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El “no” también construye

03/06/2019 - (Creativity workshop)

Luis Pescetti

Mi carrera, mi estilo de composición y escritura está hecho tanto de las cosas que tomé, como de las que descarté.

Muchas veces tendemos a pensar que la identidad se enriquece con todos los recursos que sumamos, de echo usualmente pensamos que la idea misma de construir se basa en agregar.

Pero la creación no es, literalmente una suma, sino también una resta, tan gráfico como en la escultura y el proceso de quitar lo que no será la forma final, como en elegir una figura, ir hacia ella y descartar todas las otras formas. Y también como en borrar y borrar lo redundante en un texto.

Una línea de diálogo no exprime todo lo que podría decirse, antes bien, lo máximo de la expresión estalla por lograrlo con una gran economía de medios.

Un actor no conmueve porque sus gestos subrayen lo que él quiere que entendamos, asegurándose que nos quede claro su intención, ahí se desarma el impacto, sea porque sentimos que sobreactúa, o porque nos anticipamos en la comprensión y nos quedamos esperando que termine su explicación para regresar a la línea dramática. En ese entrar y salir, por una y otra razón, nos salimos de la historia. No así con un actor que en determinada escena contiene su reacción, como muchas veces hacemos en la vida, nos identificamos con ese gesto que iba a asomar pero fue retenido, y ese choque de fuerzas: el grito de dolor, la sorpresa, la angustia, y el sujetarlo, se convierte en doblemente expresivo.

               Expresar, en estos términos, es transmitir una experiencia, no tiene que ver con “lo que se dice”, lo que se muestra, sino lo que se transmite. Y rara vez es “decirlo todo”, hasta el agotamiento.

               Esto menos ahora que abundan los medios de producción y transmisión de contenidos. Humberto Eco decía que nuestra época no está tan cargada de mensajes, como sí de códigos de lectura, códigos para interpretar lo que se ve. Y lo decía en la década del ’60, cuando la pugna por producir y distribuir estaba en los medios tradicionales: gráficos, radio y televisión. Eso estalló con el agregado de internet, las redes YouTube. La producción se descentralizó y la distribución se hizo horizontal.

               Una amiga contó una hermosa anécdota que ilustra, cuando era joven se vistió para salir, según ella se había puesto y maquillado con lo mejor, con esa seguridad fue ante su abuela y le preguntó, pero buscando impactarla:

– Mira, abuela, ¿qué te parece?

A lo que la abuela la invitó a que se parara frente al espejo. La acompañó, ¿Ya está? ¿Ya tienes todo? Mi amiga radiante respondía que sí, y la abuela concluyó, bueno, ahora mira y pregúntate: ¿Qué me quito?

Como se dice en biología “no se expresa” todo nuestro ADN, tampoco una novela es todas las combinaciones posibles de las palabras de un diccionario y una obra musical lo mismo con las teclas del piano.

               Regresando a un plano personal y profesional. No tomo todas las invitaciones que me llegan, y a las que me llegan las recibo, agradecido, pero con muchas condiciones: no puede haber solo niños, no tiene que ser para una comunidad cerrada sino abierta a toda la comunidad, etcétera. Porque sé que en esas condiciones el show se expresará en toda su potencialidad, y en otras simplemente no. Si me expongo y expongo mi trabajo a presentarse en condiciones que no funciona, ganaré demérito y no potencia, prestigio, alegría por la experiencia.

               La película sobre mi personaje “Natacha” que se realizó en 2018 está hecha de los sí que le dije a esa productora tanto como de los “no” que dije en ocasiones anteriores. En una de esas me habían pedido la libertad de ampliar el guion de modo que Natacha tuviera un novio y se diera un beso. ¡No! Natacha es una niña de 7 u 8 años, de haber aprobado ese cambio, sólo por construir otro hito en mi carrera (un libro se lleva al cine) habría tergiversado la naturaleza de mi personaje, junto con ese “sí”, habría arrastrado el foco con el que trabajo, la credibilidad o seguridad con la que me planto frente al teclado. porque, al menos en mi caso, para expresarme necesito mucha confianza: confianza en soltarme a escribir o al subirme al escenario soltarme a actuar. Si esa confianza se vulnera soy más débil. Y esa confianza está hecha, entre otras cosas, de la integridad de mis personajes, más que de las ofertas que acepto, así fueran o no, coherentes con mi trabajo.

               El “no” hacia aquella invitación, cable aclararlo, no representó una oportunidad para que Natacha fuera película. Al contrario, fue “no”, que no se haga la película. No dije no porque tenía otra invitación pendiente y la garantía de que iba a haber otra oportunidad. Esos “no” que decimos no nos garantizan que pasará otro tren. Lo único que garantizan es que no nos subiremos a un tren que nos lleva un lugar que no queríamos. Y evitar ese desvío no es poco. Pero en el momento no hay certeza, salvo de construir integridad, y eso sólo se mide en la delicada sensibilidad de uno mismo o, a lo sumo, uno mismo y una o dos personas muy cercanas que conocen nuestro camino.

               No hay reglas sobre cuándo construimos lanzándonos hacia algo, o cuándo lo hacemos quedándonos. Y es bueno saber que tampoco acompañan argumentos racionales al momento de decidir, y es bueno saberlo para liberarnos de la carga de rellenar un formulario de justificación, así fuera ante nosotros mismos. Son grandes decisiones basadas en la intuición, en una sensación de la barriga, dichas como “no sé por qué, pero no”.

               Nosotros, nuestros niños, nuestros alumnos, deben aprender y reconocer, que eso pasa y pasará, y que no necesariamente agregaremos buenas razones con años y experiencia, pero sí confianza en atender esa voz, más lúcida o más sorda que nos indica.

               No tenemos más visibilidad por presentarnos siempre, en todos los foros. Así es más probable que nuestra imagen se desgaste, agotando al público. La visibilidad está hecha tanto de cuándo y cómo presentarse, como cuándo guardarse.

               Si actuamos en condiciones malas, si escribimos en medios inadecuados, somos nosotros los que nos alejamos de nuestra propia meta o de la búsqueda de nuestra meta. Importa tanto actuar, escribir, como hacerlo con ciertas reglas y condiciones, para no exponernos a un retroceso no deseado.

© Luis Pescetti

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