Tus seres queridos

09/10/2018

Había una vez un lugar desierto en el que no existían espejos. Nadie había inventado un espejo, básicamente porque nadie se había visto reflejado en nada, jamás.
Lo único que hacía suponer que la propia cara no era como la cara que tenías enfrente era lo que observabas cuando mirabas las caras de los demás. Algunas eran parecidas, pero la mayoría no.
Podías suponer que tu cara era parecida a alguna de las demás, o muy diferente, pero no podías saber exactamente cuánto.
Los mayores no hablaban de eso, porque no les importaba. Diferencias o igualdades, todo daba lo mismo.
Pero no daba lo mismo si te enamorabas, pues quería decir que había algo en esa cara que era especial, o algo en esa persona que hacía que su cara fuera especial para ti.

Y tampoco daba lo mismo si la persona de quien te habías enamorado escogía a otro. Ahí sí que descubrías con toda la fuerza que alguna razón en tu aspecto había hecho que prefirieran a otra persona; o, quizás, alguna razón en su aspecto lo hacía mejor ante los ojos de la persona que amabas.
Y pensabas cosas como: ¡Oh, ojos! ¡Si tan sólo ella no tuviera ojos! ¡O si ninguno los tuviéramos! Cuánto más felices seríamos todos.
Porque pensabas que si todos cerraban los ojos desaparecía la razón por la que no habías sido escogido.
Esto no es cierto pues todos sabemos que los ojos no son lo único con lo que escogemos, ni los ojos ven todo de una persona.
Pero el dolor de esa pérdida te llevaba a preguntarte qué habrían visto en esa persona. Te preguntabas: ¿cuál es el misterio que se esconde en su imagen? ¿Cuál es el misterio que le falta a la mía?
Podías sentarte con un buen amigo y preguntarle cómo era tu rostro. Lo mejor era sentarse con un amigo, y que un tercero comparara los dos rostros.
Tus ojos son más pequeños. Tus ojos son más claros. Tu cabello es más oscuro arriba. Tus dientes se ven aún cuando cierras la boca.
Y así podías hacerte una idea de cómo era tu rostro, pues no había lagos, ni pequeños charcos de agua, y sólo conseguías beber cortando el fruto de una planta muy jugosa, que quién sabe de dónde conseguía humedad.
Y no había espejos.
No había un solo espejo en todo ese terruño, de modo que lo que tú creyeras, sobre cómo era tu imagen, dependía de la paciencia y la bondad de los demás. Demorabas mucho en saber si alguien te había mentido, hasta encontrar a otros que te daban una versión sobre tu propia imagen que no era ni buena ni mala, sino que coincidía entre ellos. Y así suponías que debía ser cierta.
No había nada más valioso que encontrar a alguien que no te mintiera sobre cómo era tu imagen. Esos eran tus seres queridos.

Luis María Pescetti, México DF, lunes, 30 de abril de 2007

Luis Pescetti, ensayos y ejercicios en www.unninounavoz.com

 

daily mobiles