
Cuando era chico, no existía la infancia
El dentista se fastidiaba por tener que atenderme, igual que si le hubieran prestado una bicicleta rota. Si alguien maltrataba a un niño, era una bestia; pero sin los derechos de los niños, ni diez, ni ocho, ni uno, se hacía un silencio alrededor suyo, en todo el pueblo; no iba preso, era una bestia.
A los chicos nos imaginaban con todo el tiempo libre, pensando travesuras, éramos humanamente disponibles. Yo iba por la calle y escuchaba: Pibe, vení, ayudame.
Me detenía, iba y ayudaba.
Después del almuerzo, jugábamos al frontón en el club del pueblo. Pegar dos pelotas seguidas era récord olímpico, me la pasaba yendo a buscar pelotas que perdía por errarle el raquetazo o por tiralas lejos.
De repente irrumpían los adultos, sin detener la marcha rápida con que entraban a la cancha,sólo decían: Rajen. Nos íbamos. Todo eso era antes de que se inventara la ternura. Miento.
Cuando era chico, la infancia sólo existía para las madres,
las tías, las nonas, las mujeres en general,
las milanesas, las tortas y los pastelitos.
Mi papá era mecánico, estuvo en el parto
de mi hermano y luego en el mío.
De grande entendí que fue un pionero,
solitario en su ternura masculina.
Debía ser rarísimo inventar eso,
no tener modelo,
ni con quién conversar anécdotas.
Cultivaba una emoción apenas descubierta por entonces,
sin nombre ni aceptación,
y menos, reconocimiento social.
La ternura masculina estaba inventada,
pero no se distribuía comercialmente,
era así, casera.
© Luis Pescetti