Huérfanos de miradas

Para estos largos días de cuarentena.

Richard Diebenkorn
Richard Diebenkorn

Mi hijo me pregunta, ¿quién soy adentro tuyo?,

porque sabe que así se verá en el mundo.

Con ese viento a favor, o esa corriente en contra, deberá luchar toda su vida.

Yo mismo me pregunto, ¿quién soy adentro mío?

Si no estoy en tus ojos, tus pensamientos.

Si me descubro ansioso esperando mensajes que devuelvan

que estoy adentro de uno, y de otro, y de otro.

Por no tener el reflejo de quién soy, adentro tuyo,

tengo esa sed estallada en mil esperas, por que lleguen migajas

pasadas por debajo de la puerta de la pantalla.

Hasta saber que soy en vos,

no soy en mí.

Tu mirada era mi espejo,

la prueba de mi existencia,

pero era más: era la arena, el agua y el molde.

 

Ay, tus ojos. Ay, tu pensamiento, si se ocupa o no se ocupa de mí.

Ay, tu mirada, desocupada de mí, me hace un fantasma hasta que no veo

mi luz en el brillo de tus ojos.

 

Estos días, ponen a prueba la reserva de miradas

que nos daban los cientos y cientos, que hoy nos faltan.

Ahora se revela cuánto valía cada mirada furtiva o intrascendente, en la calle. La de otro pasajero en el metro, la de quien nos cruzamos en la vereda. De camino de casa a un trabajo, y de ese trabajo a lo de una amiga, y de esa casa hasta la escuela, y de la escuela hasta una tienda, y ahí hasta la panadería, y de ahí hasta volver a casa.

Ibamos llevados en andas por cientos de miradas, anónimas, intrascendentes, reemplazables. Eran el telón de fondo, como el cielo para las estrellas, el tapiz, para los ojos que sí nos importan.

 

Ahora vemos sus hilos ocultos secándose, y lo sabemos.

Los lazos diminutos del instante único, completamente fugaz, que damos en la calle, en plazas, haciendo filas absurdas, en trámites bancarios, esos lazos son un acuerdo humano básico, que nunca nombramos con todas sus letras, hasta hoy, que nos falta tanto.

 

Yo te dedicaré una mirada, y vos me verás al pasar. Así eran los días que hoy nos faltan.

 

Hace un tiempo, una amiga supo dónde vivía su padre, que se había ido de la casa cuando ella tenía menos de 2 años. El marido y los hijos la acompañaron en el viaje a ese país, a encontrarlo. Cuando vio a su padre, le dio algo que había preparado: un álbum de fotos, de ella a los tres años, su infancia, la adolescencia, ella de novia, el casamiento, embarazada, los hijos creciendo. Todas las fotos de los momentos que su padre no había visto.

 

Así vamos a hacer, cuando se abran las compuertas: cargados de fotos huérfanas de miradas, vamos a a abrazarnos unos a otros. Mira, mira lo que no me viste. Llena tu mirada de esos días.

Eso hacíamos siempre cuando contábamos una historia: mira, mira en lo que no me viste. Eso eran las historias, y no lo sabíamos.

 

Los días, que quedaron sin ser vistos, quién me los pasa a recoger, quién me los oiga, quién me los cargue con el amor de sus ojos. A estos días, quién me los tome de la mano, como un padre que volvemos a ver de grandes.

© Luis Pescetti

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