Casi todos mis alumnos están en la cárcel

Gregory Crewdson
Gregory Crewdson

Así nos contó una maestra, en la cena de clausura del congreso al que fui, en España. Fue en la hermosa ciudad de Cádiz, con sus tres mil años, sus murallas y su ciudad medieval. Me senté en su mesa porque sabía que son un grupo de docentes que trabaja en hospitales, y con niños de zonas marginales e inmigrantes. El maestro que estaba a mi derecha narró las dos experiencias más fuertes de su vida: una ahora, que trabaja en oncología. La otra cuando trabajó con un grupo de niños que habían asesinado a una persona. Recordó cuando al mayor del grupo se le ocurrió que le cortarían el pelo a todo el resto del salón, los demás niños no querían e intervino él. Que no lo van a hacer. Que sí lo vamos a hacer, y alzó las tijeras. El maestro le sujetó el brazo, comenzaron a forcejear hasta que cayeron al suelo. Imagínate, yo tenía que contenerlo y quitarle las tijeras. Lucharon hasta que el cansancio venció al adolescente y se rindió, jadeando. El maestro quedó con las tijeras en las manos. El muchacho se incorporó, se miró el pecho y soltó: «Me manchaste la camisa, maestro, te voy a matar.»
Otra maestra contó de la Pili, una niña gitana de cuatro años, que no hablaba. No había dicho ni una sílaba, lo cual preocupaba mucho a la docente. Un día la Pili se portaba mal, o quería irse, porque palabras no tenía, pero carácter le sobraba, y la maestra: Que no, Pili, no hagas eso que sabes que no se puede. la Pili desobedeció. ¡Que no, Pili! Tampoco. Entonces ella la tomó del brazo, para detenerla, y la Pili se zafó al grito de ¡JAPUTAAA! Y ella: «¡Habla! ¡La Pili habla!», exclamaba feliz.
No eran de Cádiz, sino de otra ciudad de España, y por supuesto que me hicieron acordar de las anécdotas que escuché en el Chaco, de las mismas que viví como docente cuando era maestro de música en La Boca y algunos niños llegaban mareados por el hambre, o de aquella pregunta que me hizo una maestra de Neuquén: ¿Qué se puede hacer?, porque ella daba clases en zonas marginales y, cuando ocurrieron los saqueos, durante una crisis ecnómica y política, al otro día los niños le contaron que habían participado, como cuentan las cosas los chicos a sus maestros, sea que vuelven de vacaciones con sus padres, o que su hermana de 14 años se embarazó otra vez.
La ciudad de Cádiz tiene murallas que hicieron unos ingenieros franceses, porque era asediada una y otra vez. Son hechos que hoy nos cuesta imaginar. Tu padre, un empleado, o vos mismo estás de guardia en la torre de tu casa, para ver si llega el barco con mercancías y negociar desde ahí mismo: saber qué traen, cuánto piden y ofrecer antes que nadie. Pero lo que ves llegar son velas amenazantes y hay que dar la alarma. Cerca de la catedral se ve el diseño de una de las murallas que dan al barrio medieval, ahí hay una puerta y encima de ella la muralla sale un poco hacia fuera: por ahí se tiraba el aceite hirviendo.
La noche de la cena me perdí a una peña flamenca de barrio, porque cada anécdota me atornillaba más y más a la silla. La risa se mezclaba con la emoción, con el asombro y la denuncia. A ver, lee esto; le pidió una a su alumno, también de cuatro años, y él la miró con suficiencia y contestó tranquilo, con aire de señor: «Lee tú, maestra… que para eso te pagan.»
Yo me río, pero no me río, ¿sabes?, dijo otra maestra, y nos contó que en una clase de adolescentes un muchachón se bajó los pantalones y se mostró desnudo. Y ahí estaba yo, ¿sabes? Y, ay, mi madre qué hago, y que una niña arranca a los gritos escandalizada, y el otro que se seguía exhibiendo y ésta que gritaba como loca, entonces la miré y la paré en seco: ¿Y tú, por qué gritas? (silencio) ¿Tú nunca te equivocas? La muchacha asintió con la cabeza. Bueno él ahora se equivocó… todos nos equivocamos, eso no se hace (señalando al muchacho, pero hablándole a ella, seria), todos cometememos errores. El otro ya se había subido los pantalones y se sentó. La maestra se agarró la cabeza, mostrando que suspiró aliviada en aquel momento. Nos reíamos, por nervios, por lo desbordado de la situación, porque pasa de todo, siempre, y con profunda admiración ante su capacidad de respuesta. Ella también se reía, abanicándose con la servilleta, y ahí fue que dijo: Yo me río, pero no me río, ¿sabes?
Contó del Borja, un alumno suyo de quince años, que un día se lo devolvieron al salón porque se había escapado, se había tirado en medio de las vías, no a que lo pisara el tren, a verlo pasar y a que no le ocurriera nada. En medio de las dos vías, se acostó, y el tren pasó por arriba. Borja, ¿¡pero tú estás loco!? ¡Te podías haber matado! (ella, asustada, salvándolo y sin salvación). El muchacho miraba al piso, levantó los hombros. Quería que la madre le pusiera un límite, ¿tú sabes? Y la madre trabajaba en el Ayuntamiento, ¿eh? (nos aclaró la maestra, como diciendo: ninguna zona marginal). ¿Por qué haces eso, Borja? Así me meten en el correccional (contestó él). Pero, ¿por qué quieres ir ahí, Borja? Vas a estar como preso, no te van a dejar salir. El muchacho levantó la vista: Es que mire, maestra, si no me dejan salir no voy a hacer lo que no tengo que hacer. Entonces fue que la maestra dijo, con esa energía que la caracterizaba, y con ese aire de cuando se admite el fracaso, pero no la derrota: Casi todos mis alumnos están en la cárcel, ¿sabes?
Esta carta va por esos maestros, como los que conocemos todos, demasiado arriba en una montaña, o demasiado lejos en una villa, o demasiado ocupados haciendo de diques de contención, de asistentes sociales, de acompañantes terapéuticos, de padres, cuando abandona o no alcanzan ni las familias, ni el Estado.
Luis Pescetti
28/09/2005 – al día de hoy

 

© Luis Pescetti

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