No des un sermón a la ley de gravedad (3 de 3)

27/10/2014

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pintura: Carlos Varela

Quien se plantee cómo comunicar a un niño, imagínese que lo hace a un inmigrante.
No lo planteamos en términos éticos, de valores, sino técnicos en cuanto a eficacia de la comunicación.
A nadie se le ocurriría hacerle un sermón a la ley de gravedad, no le hagamos uno a la naturaleza humana.

– Los niños, como los inmigrantes, necesitan ser eficaces en el nuevo mundo: no tener reglas superfluas o inútiles

– y tienen sentimientos de ambivalencia:
* gratitud hace ese nuevo mundo del que depende
* y añoranza con el mundo dejado (que a veces se traduce como enojo o rebeldía con ese nuevo mundo al que todavía no se pertenece)

Quién comunique o se dirige a los niños y no tiene en cuenta esta realidad humana
le hace un sermón a la ley de gravedad,
trabaja sobre un ideal (de sí mismo, de autoridad),
fracasará la respuesta a su mensaje,
obtendrá rebeldía.

En esta época donde el entretenimiento es una industria tan desarrollada, donde la televisión está siendo desplazada por internet, y las narraciones audiovisuales son cada vez más atractivas, elaboradas y su producción es cada vez más descentralizada (individual), es ingenuo si pensamos sólo en valores pero no en estrategias para comunicarnos.

Niños e inmigrantes son espectadores muy entrenados en lecturas de lenguajes, ediciones cada vez más rápidas y complejas. En su caso: especialmente, además, pues su día a día depende de estar muy atentos a códigos y signos explícitos o no.

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“La mayor parte de los que han escrito sobre los afectos y la
norma de vida de los hombres, no parecen tratar sobre cosas naturales,
que siguen las leyes comunes de la naturaleza, sino sobre cosas
que están fuera de la naturaleza. Más aun, parecen concebir al hombre
en la naturaleza como un imperio dentro de un imperio, puesto que
creen que el hombre, más que seguir el orden de la naturaleza, lo
perturba, y que tiene un poder absoluto sobre sus acciones, y sólo
por sí mismo y no por otra cosa es determinado. La causa de la
impotencia e inconstancia la atribuyen, además, no al poder común
de la naturaleza, sino a no sé qué vicio de la naturaleza humana, a la
que por eso mismo lloran, ridiculizan y desprecian, o, como es más
frecuente, detestan; y el que ha aprendido a denostar con más elocuencia
o argucia la impotencia del alma humana, es tenido por
divino.No han faltado sin duda hombres egregios (a cuyo esfuerzo
y habilidad confesamos deber mucho) que han escrito muchas cosas
excelentes sobre la recta norma de vida y han dado a los mortales
consejos llenos de prudencia. Pero nadie, que yo sepa, ha determinado
la naturaleza y las fuerzas de los afectos y qué pueda, en cambio,
el alma en orden a moderarlos.”
(prólogo del libro III de la Ética, Spinoza, recordado gracias a Hernán García)

Luis Pescetti, ensayos y ejercicios en www.unninounavoz.com

 

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