Necesidad de inventar la infancia

15/10/2018

“No hay que apoyar a la ciencia”, dice mi amigo Pirincho Cereijido, el Dr. Marcelino Cereijido, Premio Nacional de ciencia en México donde investiga como biólogo hace años. “No hay que invertir en ciencia, porque vos no te operás del apéndice para apoyar al cirujano…”. Y agrega con más determinación: “El que no entiende que hay que invertir en ciencia es un analfabeto científico”.

Antes de los años 50 o 60, y un poco más, podías vivir toda tu vida en el mismo lugar sin que llegaran noticias del afuera. Mi abuela no sé si conoció Rosario, a 200 km, su vida transcurrió maravillosamente en un área de unos 100 km2, y enterándose muy poco de qué pasaba fuera de ese mundo. Llegaban noticias de la radio, y aprendió a leer ella sola leyendo periódicos; vivió en el campo toda su vida hasta la vejez, y aprendió a leer empujada por su inteligencia y su hambre de mundo.

Para mi madre fue un poco distinto: no vivió en el campo porque la escuela quedaba en el pueblo y estaba ahí toda la semana, internada en un colegio de monjas (¡si a eso se le puede llamar conocer el mundo!). Quiso ser enfermera y estudiar en Rosario; quizás hubiera querido ser médica, eso nunca lo supe, si quiso eso o eso fue a lo que más aspiró porque era lo que conocía. Pero entre mi abuelo y la monja directora, convencieron a mi abuela de que eso no era para una mujer, terminó la primaria y volvió al campo. Estudiaba dibujo por correspondencia, y así le llegaban noticias de su futuro, digámoslo así, en un sobre con instrucciones y modelos para dibujar; luego ella enviaba por correo sus trabajos y se los comentaban. Esa era la ventana y la conexión y la velocidad al mundo.
Pero eso hoy ya no se puede, es imposible, porque cualquier teléfono, cualquier pantalla, es una ventana con un chorro de mundo que invade con un poder y una capacidad de seducción y entretenimiento que no hay vida que la pueda consumir; aunque te quedaras sentado cada segundo de cada día de tu vida, no alcanzarías a ver todo.

La sociedad que no invierte en ciencia comprará ciencia y dependerá de otra sociedad. Qué problemas, qué soluciones elige esa otra sociedad; al comprar la ciencia comprará el paquete completo.
Lo mismo con la tecnología: si un país no invierte en desarrollo tecnológico se convierte en importador obligado y, al comprar tecnología, compra el paquete también: qué problemas y soluciones encontró otra sociedad para sí misma.

Tomo las palabras de mi amigo Pirincho Cereijido para afirmar que no hay que apoyar a la infancia, no nos debemos dedicar a ella porque es… vulnerable…  con criterios asistencialistas, benéficos.
Pues pasa exactamente lo mismo con la infancia: la sociedad que no invierte en su infancia termina siendo la nana que cría los empleados, los espectadores de otra cultura. Otra cultura, además, le venderá educación y entretenimiento, y con ello también un paquete completo: de cómo imagina su vida, qué elige contar y cómo lo cuenta.

Y esto es tan poderoso que, como vemos en las historias animadas, se da que un país con enorme fuerza de producción de entretenimiento, como EEUU, no solo hace una épica de su propia historia, sino que universaliza su versión de las historias de otras culturas.

Es decir que, cuando no eres un actor cultural, pedagógico y de entretenimiento, cuando no tienes una política púbica activa potente, que crea contenidos, y condiciones de producción: terminas siendo público de otros. En concreto, la infancia de tu sociedad crecerá entre dos mundos: uno que lo nutrió y cuidó físicamente, y otro al que vio en pantallas y fue su fuente de entretenimiento, y al que sin duda querrá imitar, ya sea importando o emigrando.

Lo maravilloso de este problema tan serio es que hay una solución posible para los dos mundos, y para los dos tiempos: podemos crear una educación y una cultura que se nutra de nuestras raíces pero también del mundo. No tiene que haber un divorcio entre nuestro origen y nuestro proyecto.
Ese es el desafío, sobre todo de cualquier ciudad y provincia de interior, más que el de la propia capital. Quizás porque a la capital de cualquier país no le toca sino representar la modernidad, y al interior, otro tiempo.

El gran desafío de nuestras ciudades del interior y de nuestra época, y de cualquier ciudad en la que convivan tiempos tan distintos (costumbres o expectativas de vida de quien se crio en un barrio marginal, o el campo, con tiempos de modernidad y producción contemporánea) el gran desafío es que nuestras políticas culturales deben ser como cancillerías entre dos mundos, y nuestros proyectos educativos deben crear embajadores entre dos mundos, porque cada niño que viene a nuestra escuela, vuelve a su casa y a su realidad, que tiene otro tiempo.

Crear y enseñar como embajador entre dos mundos, que en verdad es también entre dos tiempos: es tanto enseñarles lo valioso del propio lugar, lo que podría exportar a otros lugares, como lo valioso de otros mundos y que podríamos traer al nuestro.

Enseñarles a elegir las propias historias, cuales quieren contar, y cómo contarlas a los propios y para extranjeros, es decir contarlas para otros, y esto es: para alguien que no tiene la obligación de oírnos y que le importe, o le interese. Es decir, debemos enseñarles a crear para extranjeros, que es una manera muy radical de decir para otros: y saber cómo contar para que a esos otros los cautive, y adopten esas canciones o historias o juegos.

No podemos sino educar como embajadores entre dos mundos, y entre dos tiempos, y formar embajadores entre dos mundos y entre dos épocas, entre quienes son y de dónde vienen y quienes querrán ser y dónde llegar.
Medellín tiene toda la potencia necesaria para esto, no lo digo como un extranjero que se cree que puede venir a certificar, sino como un amigo que ya vino muchas veces.  Fui testigo y quedé cautivado por su entusiasmo.
Así que aprovecho esta oportunidad para declararme su amigo y aspirante a algo más, a ser vecino honorario digamos. Yo quiero ser de Medellín porque ya lo era.

Ya lo era antes de venir la primera vez que vine, porque soy de otro Medellín que se llama San Jorge y es mi pueblo, en el que ahora descansan mi madre, mi abuela, mi padre, mi abuelo, y ellos me empujaron a que saliera y saliera al mundo, a que no me quedara. Desde entonces no hice sino salir y salir, incluso cuando quería volver. Por suerte y después de muchos viajes y mucho trabajo ya vuelvo a mi querido terruño, y no dejo ni un milímetro de mundo cada vez que vuelvo ni dejo un milímetro de mi pueblo cada vez que me voy, y no se imaginan el alivio más enorme y la alegría y la potencia que da eso.

Como amigo que tan generosamente han invitado a exponer unas ideas, les digo que miren a sus niños porque tienen una obligación con su infancia, no solo porque los niños son importantes, valiosos o vulnerables, y hay que apoyarlos, sino porque así como hay que hacer ciencia, hacer tecnología para no quedar como meros importadores y compradores, tenemos que inventar y concebir nuestra propia infancia para vivir el propio futuro y no el de otros.

Luis Pescetti
Octubre de 2018

Con algunas adaptaciones, esta ponencia fue leída en el Encuentro Buen Comienzo, Medellín (Colombia), y en la aceptación del nombramiento como Profesor Honorario de la Universidad Nacional de Villa María (Córdoba, Argentina), 26 de septiembre y 11 de Octubre de 2018.

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