Los hijos

27/09/2018

Los hijos se acercan, se alejan,
se acercan.
Es tan grande su órbita, tan elíptica.
Los padres, acostumbrados a decir que el tiempo pasa rápido,
nos olvidamos de la paciencia y la ansiedad
de los días y días de espera,
de los años sin palabras,
de verlos que se van,
y que no llegan,
del tamaño del Universo en que se despliegan,
del océano de tiempo de su lenta y lenta vida
vivida de cerca.
Cualquier noche salimos a ver las estrellas,
respiramos mirándolas, nos entra aire fresco en los pulmones,
nos parece que todo está quieto, en su lugar,
aunque la Vía Láctea
viaje a dos millones de kilómetros por hora, como cualquier hijo
visto de lejos.

Los hijos son planetas gigantes
equilibrios frágiles, enormes,
peligrosos, luminosos, armoniosos, ajenos,
ciegos, obedientes,
siempre en órbita de un centro de gravedad que los atrae
y del que, veloces, se alejan.
Siempre dando vueltas y vueltas alrededor
de su infancia, de nosotros,
hacia aquello a lo que vuelan.
Los hijos tienen órbitas enormes y, si nos va bien,
en una conversación casual oímos nuestras palabras en su boca,
como si pasara un cometa cerca,
algo que dijimos hace tiempo sin saber cuánto atendían.
Los hijos viajan lejos,
vuelven cerca,
van hacia otra parte
alrededor nuestro.
Hay que saber esperar
cuatro mil cuatrocientos setenta millones de años,
todo llega.

Luis Pescetti, ensayos y ejercicios en www.unninounavoz.com

 

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