Las otras pobrezas

03/05/2013

Detalle del dibujo de un niño

(Del libro: Taller de animación musical y juegos).

“Gané el uso de razón
perdí­ el uso del misterio…”
Gabriel Celaya(poeta español)

“…Persuádete de que esto es así­ como te escribo: parte del tiempo se nos roba, parte se nos va sin saber cómo, parte se nos escurre. Pero la pérdida más vergonzosa es la debida a la negligencia. Y si quisieras fijarte en ello, encontrarí­as que la parte más grande de la vida se nos pasa haciendo mal, otra no pequeña sin hacer nada, y toda ella haciendo lo que no ha de hacerse. ¿A quién me citarás que ponga precio al tiempo, que conozca el valor de un dí­a, que se dé cuenta de que cada dí­a muere un poco? Porque nos equivocamos cuando miramos la muerte como futura; una gran parte de ella es cosa ya pasada. Lo que de nuestra edad dejamos atrás, está en manos de la muerte. Haz, pues, mi querido Lucilio, lo que me escribes que haces: aprovechar todas las horas. Resultará así­ que dependerás menos del dí­a de mañana, si el de hoy lo tienes bien asido. Mientras se difiere, transcurre la vida. Nada, Lucilio, es nuestro, excepto el tiempo…”
Séneca, 4 a.c.- 65 d.c

“… un dí­a dije a mi madre.
– Mami, si consigo trabajo ¿podré dejar la escuela?
– ¿No quieres educarte?
– Si para ello he de ir a la escuela, no …”
Groucho Marx (humorista estadounidense)

Cuando el niño debe responder a los intereses de la escuela:

En la educación no solamente nos encontramos con el problema de la pobreza de recursos, hay otra forma de pobreza que limita y condiciona nuestra tarea diaria.

Luego de tres meses de vacaciones los niños extrañan la escuela y esperan con ganas el comienzo de las clases. Luego de una semana de clases ya quieren estar nuevamente de vacaciones. ¿Cómo se logra eso? Es un milagro que pareciera pacientemente calculado.

En mi secundaria tuve que memorizar cien accidentes geográficos de Europa, aprender las biografí­as de Beethoven y Chopin, cuáles fueron sus obras cumbres (sin oí­r nada de su música), fechas también de memoria, estudiar historia con una visión única y acrí­tica. Eso contribuyó a ver en cada virus, cada resfrí­o, la ansiada promesa de unos dí­as sin clases; a desear que faltara el profesor; a imaginar que el cometa Halley no sólo pasarí­a cerca de la Tierra sino que, con un poco de suerte, caerí­a encima de mi escuela.

Cuando empecé a amar la literatura no entendí­ para qué se habí­an empeñado tanto y durante tanto tiempo en enseñarme a analizar las partes de la oración (sujeto, predicado, etc.); por qué les costaba tanto esfuerzo lograr que nos gustara algo que naturalmente nos tendrí­a que haber gustado: leer. El placer de la lectura.

Ya como profesor de música conocí­ el caso de un colega cuya clase de música para alumnos de secundaria (imagí­nenlos: rockeros y llenos de hormonas) era de… ¡”Caligrafí­a Musical”!. Pasaron todo su año llenando hojas y hojas con prolijí­simas e inútiles claves de Sol, blancas, corcheas.

Aquí­ llegamos al punto, a esa otra pobreza que invade nuestro sistema de enseñanza y que también impide crecer: la que nace del miedo de alejarse de lo conocido, la pobreza que obliga a “ser una escuela modelo” con todo lo que eso significa, la de la opresión de la espontaneidad y las necesidades emocionales más básicas.

Nuestra educación (la que he conocido en otros paises también) está llena de acartonamiento, endurecida, no es novedad. Tampoco lo es que la mayorí­a de las personas están í­ntimamente hartas de todo eso pero cuesta cambiar. Somos como esas familias que se reúnen a comer todas las semanas y, a pesar de que nadie soporta ese encuentro, nadie falta.

Trabajar con el presente:

Hay una distancia enorme, una gran disociación entre la realidad cotidiana de la escuela, la vida de alumnos y maestros, y los objetivos educativos.

Los maestros buscan cosas nuevas porque las precisan con urgencia. Se les está haciendo muy difí­cil contener a los grupos, llevar adelante las clases en un medio empobrecido espiritual y materialmente. Se plantean cosas que no son devaneos intelectuales sino el resultado de verdaderas crisis. Se hace imprescindible un cambio por razones de salud.

Aunque no lo digan con estas palabras, quieren que el encuentro con los chicos sea más llevadero y gratificante, con menos desgaste; que la tarea cotidiana tenga un significado más profundo). Cualquiera es más eficaz aprendiendo y enseñando lo que reconoce como necesario, aquello a lo que le encuentra sentido, lo que despierta su interés, que lo alejado de sus necesidades e intereses presentes. Urge que esa tarea cotidiana sea útil no sólo “para el dí­a de mañana” sino también para hoy. ¿Por cuánto tiempo se le puede pedir a alguien que posponga su presente en función de algo que le va a hacer bien aunque hoy no se dé cuenta?

La idea de trabajar en el presente es una de las claves, para que cada momento rebose de la mayor plenitud posible. No como un estrecho intento de responder sólo a lo urgente y lo inmediato, sino reconociendo en el pasado las raí­ces de nuestro ahora, viendo en el futuro que imaginamos otro factor que influye en nuestras decisiones más cotidianas y en el presente el único instante real.

La escuela aburre:

¿No es otra forma de pobreza que la educación sea, las más de las veces, aburrida? No como contraparte de “divertida” sino de “interesante”.

¿Por qué se acepta como natural que a la mayorí­a de los niños (y eso sea casi un í­ndice de salud) no les guste ir a la escuela? ¿Por qué eso tendrí­a que ser necesariamente así­?

¿Qué hay de normal en permanecer tantos años en una actividad no por gusto o interés sino por obligación?

¿No es grave aceptar como natural que la escuela no contagie entusiasmo?

¿Por qué se les pide a los niños que atiendan con interés cosas que nosotros no mostramos de manera interesante? (y que muchas veces para el que las enseña tampoco lo son).

No estamos hablando de fomentar una pedagogí­a hedonista, que sólo haga lo que dé placer, más bien observamos como un í­ndice de la enfermedad del sistema esa separación entre los planos intelectual y emocional.

Estas otras formas de la pobreza no se pueden superar si no se reconoce a los niños y docentes reales; si no se los acepta con sus ganas de alegrí­a, su necesidad de que la escuela no esté tan divorciada de la vida. No porque nos interese hacer una nueva formulación de planes y métodos sino, sencillamente, porque así­ no dan más.

Nuestras instituciones educativas están enfermas de solemnidad, de obediencia y desobediencia, de estudiar mecánicamente, de disciplina violenta y de indisciplina violenta.

Un niño que no juega es un niño enfermo. ¿Y una institución destinada a formar niños? ¿Cuál es el criterio de salud institucional en este tema?

Siempre se ve al juego casi como una pérdida de tiempo, tiempo perdido que tendrí­amos que estar “aprovechando” en cosas “útiles”.

Sin embargo, si el sistema educativo se atreviera a jugar no harí­a más que ser coherente con lo que tanto afirma: que el juego es un factor esencial en el buen desenvolvimiento fí­sico y psicológico de los niños.

Los juegos no son la solución, tampoco varitas mágicas; pero sin duda son un invalorable estí­mulo (si se respeta su espí­ritu) en la dirección de crear una escuela más humana y más alegre.

Luis Pescetti, ensayos y ejercicios en www.unninounavoz.com

 

daily mobiles