La hija del curandero (Amy Tan)

25/09/2006

"Bosque" acrí­lico de Carlos VarelaAmy Tan (1952) es una autora estadounidense, hija de padres chinos, es conocida por otra novela, llevada al cine: El club de la buena estrella”.
Ahora compartimos un fragmento de su maravillosa novela La hija del curandero, publicada por Random House Mondadori, en su colección Debolsillo (traducción de Ma. Eugenia Ciocchini.
Y así los invitamos a que conozcan este libro.

(fragmento)

Pocos días después , las alumnas y yo llevamos los carteles a la feria. Kai Jing me acompañó y comenzó a hablar en murmullos mientras caminaba a mi lado. En la mano llevaba un pequeño libro de pinturas hechas sobre papel de morera. En la tapa se leía: Las cuatro manifestaciones de la belleza
-¿Te gustaría ver lo que hay dentro?- Preguntó.
Cualquiera que nos oyera habría pensado que hablábamos de lecciones de escuela. Pero hablábamos de amor.

Volvió una página.
-En cada forma de la belleza hay cuatro niveles de talento. Ocurre en la pintura, la caligrafía, la música y la danza. El primer nivel es la competencia.- Mirábamos una página en la que había dos dibujos idénticos de un bosquecillo de bambúes, una pintura típica, bien hecha, realista e interesante por los detalles de dobles líneas, una imagen que expresaba las ideas de la fuerza y la longevidad-. La competencia- prosiguió es la habilidad para dibujar algo una y otra vez con los mismo trazos, la misma fuerza, el mismo ritmo y la misma sinceridad. No obstante, esta clase de belleza es corriente.
El segundo nivel –prosiguió Kai- es la excelencia.- Contemplamos otro dibujo de varios tallos de bambú-. Este va más allá de la competencia. Su belleza es única. Y sin embargo es más sencillo que el otro, hace menos hincapié en los tallos y más en las hojas. Expresa a un tiempo fuerza y soledad. El pintor menor es capaz de captar una de estas cualidades, pero no la otra.
Volvió la página. La ilustración siguiente era un solo tallo de bambú.
-El tercer nivel es lo divino- dijo-. Las hojas son ahora sombras mecidas por un viento invisible, y el tallo solo es perceptible como una sugerencia de lo que falta. Sin embargo, las sombras están más vivas que las primeras, pues aquellas tapaban la luz. La persona que ve esto no tiene palabras para describir cómo lo han hecho. Por mucho que lo intente, el pintor no podrá volver a captar el sentimiento de esta pintura, solo una sombra de la sombra
-¿Cómo es posible que la belleza sea algo más que divina?- pregunté, sabiendo que pronto oiría la respuesta.
-El cuarto nivel- explicó Kai Jing- es superior a este, y todo mortal tiene en su naturaleza la capacidad de hallarlo. Solo podemos percibirlo si no intentamos percibirlo. Se manifiesta sin motivación ni deseo ni conocimiento del posible resultado. Es puro. Es lo que tienen los niños inocentes. Es lo que los viejos maestros recuperan cuando han perdido la razón y vuelven a ser niños.
Volvió la página. En la siguiente había un óvalo.
-Esta pintura se llama El interior de un tallo de bambú. El óvalo es lo que ves si estas dentro, mirando hacia abajo o hacia arriba. Es la simplicidad de estar dentro, sin razón ni explicación para ello. Es la natural fascinación ante el descubrimiento de todas las cosas guardan relación con otras, un óvalo de tinta con una página de papel blanco, una persona con un tallo de bambú, el espectador con la pintura.
Kai Jing hizo una larga pausa.
-El cuarto nivel se llama espontaneidad- dijo por fin. Guardó el libro en el bolsillo de su chaqueta y me miró con expresión pensativa-. Últimamente detecto esta belleza de lo espontáneo en todas las cosas. ¿Y tú?
-Yo también- respondí, y me eché a llorar.
Porque los dos sabíamos que hablábamos de la espontaneidad con que uno se enamora, como si dos tallos de bambú se inclinaran el uno hacia el otro empujados por un viento caprichoso. Entonces nos inclinamos el uno hacia el otro y nos besamos, perdidos en el invisible reino de nuestra unión.

Luis Pescetti, ensayos y ejercicios en www.unninounavoz.com

 

daily mobiles