Cartas al rey de la cabina

Mediterr탡neoLa forma de rechazo que siempre me he encontrado no es la que dice: No te amo, sino la que dice ‘Tú no puedes amarme por mucho que quieras; tú amas desdichadamente tu amor por mí, pero tu amor por mí no te ama a ti’. Por consiguiente, no es correcto decir que yo haya tenido experiencia de la expresión ‘Te amo’, yo sólo he conocido el expectante silencio que habría debido ser interrumpido por mi ‘Te amo’, eso es lo único que yo he conocido, nada más.

Kafka, 12 de febrero de 1922 

Querido Rey de la Cabina:
¿No sabías que te iba a buscar por todas partes, por donde fuera? ¿Por qué no lo hiciste más fácil? No hubiera ido contigo de todos modos, si no lo hubieras querido, pero, ¿acaso no lo querías? Júralo que no lo querías. Pero, entonces, ¿por qué irse de esa manera?
Ahora que sé que esta carta te va a llegar, aunque no te la den mis manos te va a llegar, me pregunto: ¿cómo será tu mundo ahí? Todo lo tuve que adivinar, tu silencio me llenó de palabras que iba encontrando, hebra con hebra.
¿Querías estar solo? ¿Era tanto ruido el amor?
Son demasiadas preguntas, incluso para quien no las puede oír. Ya imagino tu cara (no te preocupes, no tienes que poner otra. Puedo imaginar tu cara, sólo eso).
Mejor te hablo del tiempo, por ejemplo, que no es época de lluvias, y llueve. Todo se moja sorprendido. Cómo es la vida, ¿no? Será que uno se acostumbra a que, si todos los días sale el sol, el resto tendría que ser igual de previsible y, quizás, eso sea lo único que podamos esperar con confianza. Lo digo sin tristeza, y sin enojo, hay tanta libertad en esa idea de lo imprevisible (tú, que nunca podrías ir por un camino trazado, bien que me entiendes).
¿No son adorables los caminos mojados? Hoy podría haber regresado con el autobús, más rápido y más seca. Pero vino la lluvia y ¿qué hubiera hecho ahí encima entre las caras cansadas de otros pasajeros?. Me metí por el camino de tierra, de barro, es decir.
Encontré ese pedazo de cielo roto, ese vuelo quebrado, esa avecita muerta, y yo y la lluvia y ya sabes…
Ya tenía mi cuaderno empapado, de todos modos, lo apoyé en una parte más seca (imposible, llovía, ¿te lo dije más de cien veces hasta que se humedezca la piel de esta carta?). Cavé un pequeño hueco con la mano, tomé el ave (¿se sigue llamando así?, aún cuando las alas… ya sabes). La guardé ahí, la cubrí. Y antes de que se tapara del todo, alcancé a ver cómo se convertía en un pez azul. ¿Guiñó un ojo? Eso no estoy segura, pero me pareció (de todas maneras, ¿me lo creerías?). Lo pondré así: creo (creo) que guiñó un ojo. Tal vez arrojó un beso, o simplemente se movió como cuando uno nace, y se dejó caer hasta el arroyo, que pasa ahí cerca (ya lo conoces).
Puse las palmas hacia arriba para que la lluvia me lavara las manos. Luego tomé el cuaderno, y seguí caminando, mirando hacia atrás, viendo las huellas que dejaba, todas llenas de preguntas.

Paloma

© Luis Pescetti