Crónicas del pueblo 3

31/10/2010

Llegué al pueblo, busqué la bicicleta, le inflé las gomas, y salí a “hacer los mandados”. En este caso fue tomar rumbo hacia el cementerio, llegar a la entrada del camino, todavía quedaba un largo trecho porque está en las afueras, y detenerme en los puestos de flores. A uno de ellos mi vieja le compraba las flores. Compré claveles rojos y blancos. Pagué y fui al siguiente, a pocos metros. “Un poco y un poco”, expliqué y compré otros dos ramos, pero de claveles pequeños: amarillos rojos y rosados. Los coloqué en la canasta y seguí pedaleando. Ahí ya llevaba una bolsita con la tijera, un trapo y una botella de plástico, vacía. Los elementos que llevo siempre. Llegué al cementerio, dejé la bicicleta, cargué agua en la botella y paré delante (¿cómo ponerlo?) delante de mi tío. Saqué unas hojas, limpié, eché agua y dispuse unos claveles rojos y rosados, detrás un poco de verde. Una oración. Seguí hasta los viejos, limpié, conversando y contando asuntos, eché agua y dispuse dos arreglos iguales, como siempre hago, esta vez: dos claveles rojos y dos blancos para cada uno, sobre una base de una nube de pequeños claveles amarillos. Me senté a pensarlos, cerré los ojos y sentí tibieza en el pecho, no una emoción, sino una leve percepción de temperatura, llegaba de afuera. Su presencia. Recogí el resto de flores y verde, la bolsita, el botellón de plástico y fui hasta dónde los nonos (abuelos). Limpié, puse agua y el resto de los claveles rosados y rojos, con abundante verde de fondo. Una oración. Regresé en la bicicleta, por otro camino que no suelo tomar cuando voy en auto. Pensar, pero no con la mente, sino pedaleando, y si voy por un lado es pensar unas cosas, y si voy por otro, son otros pensamientos.

Luis Pescetti, ensayos y ejercicios en www.unninounavoz.com

 

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