Copyright

26/07/2005

Portada(Del libro Copyright. Plagios literarios y poder político al desnudo.)

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, frente al pelotón de fusilamiento el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde en que, al despertar de un sueño agitado, Gregorio Samsa se encontró en su cama transformado en un horrible insecto.

Lucas se preguntó si ese comienzo tenía el gancho suficiente. Había leído que los novelistas daban especial importancia al primer párrafo. Ella debía quedar atrapada. ¿Conocería sus fuentes de inspiración? Tal vez “El Quijote”, pero las otras dos no le parecían igualmente famosas. Ensayó una continuación más audaz:

En otro lugar de la Mancha, Samsa escuchó asombrado las palabras de Lady Chatterley: “Espérame en tu casa del bosque. Iré con Justine, y llevaré sogas y un látigo, como a ti te gusta”. Mientras tanto, el coronel Buendía hacía morisquetas a los integrantes del pelotón de fusilamiento.

Se detuvo agotado. Quiso fumar pero no encontró cigarrillos. Encendió el televisor. Comenzaba un noticiero.

Vertiginosas imágenes del mundo. Corte a pareja de conductores que comentan las declaraciones del Presidente. Corte a éste, que declara:

—Desmiento categóricamente los rumores de una posible candidatura mía para una reelección; mi máxima aspiración es entregar la banda presidencial a quien gane los próximos comicios.

Corte al ministro Falfaro que, indignado, señala:

—¡El Presidente no se presentará a esta tercera reelección, pero está seguro de que la va a ganar!

Corte al Presidente, con cara de fastidio.

Corte a la pareja de conductores que, cambiando el ángulo de la información, comentan la extraña desaparición de la madre del célebre doctor Anastassi, investigador en biología molecular, firme candidato al Premio Nobel, lo cual…

Lucas apagó el televisor y se durmió profundamente. Soñó que su maestra de la escuela primaria, la señorita Castro, le gritaba indignada después de leer sus redacciones. Regresaban esos penosos momentos de su infancia, aunque en la pesadilla la maestra no le pegaba.

Cuando despertó, un hilo de saliva se desprendía de su boca y se derramaba plácido sobre la hoja. Se asomó a la ventana: llovía con intensidad. Su instinto creador lo impulsaba a aprovechar esta imagen de la naturaleza. Tomando hojas sueltas de la pila de fotocopias que le había traído su vecina, Amparo, buscó “Literatura y naturaleza”. Leyó: “Égloga”. ¿Y si escribía una égloga? Continuó: “Composición poética del género bucólico, caracterizada por una visión idealizada del campo”. Pensó que la visión idealizada del campo la tenía, ya que nunca había pisado ninguno. Pero le sonó mal eso del “cólico”, y probó otra continuación:

Una mañana, al despertar de un sueño agitado, un horrible insecto se encontró en su cueva transformado en Gregorio Samsa. Le dio muchísimo asco.

Lucas se preguntó, con inesperada profundidad: ¿cómo sabía el bicho que él era Samsa? Tal vez vivía en una cueva en casa de Samsa, y lo veía a menudo. Se sintió tentado con la posibilidad de seguir por esta puerta que abría un millón de posibilidades.

Samsa, o, mejor dicho, el bicho, recuerda que, salvo en su apariencia semihumana, sigue siendo un bicho, que pertenece a una familia de bichos; su naturaleza estaba dividida. No podía traicionarlos, por mas bichos que fueran. Su parte humana le pedía pisar a esos bichos, y su parte bicho los quería salvar. Terminó dándose un golpe en un ojo.

En ese momento apareció la madre del bicho y, al verlo con la apariencia de Samsa, salió corriendo mientras gritaba “¡Socorro, un hombre!”. Samsa entendió perfectamente el asco de su madre: ella también le daba asco a él. Eran lo que se dice una familia tipo. “No debo sentir vergüenza de que mi madre/hijo sea un bicho/humano” (pensaron los dos al mismo tiempo). En ese momento, a Samsa se le cruzó una idea por la cabeza: ¡No tendría complejo de Edipo! ¡No podía tenerlo con un horrible bicho! Cargaría con la vergüenza de ser el único de su generación sin ese complejo. Aunque, por más que tuviera seis patas, ella era su madre.

A la mañana siguiente, Gregorio Samsa, después de un sueño agitado, despertó convertido en un horrible mueble para el televisor.

Cuando acababa de poner el punto final a esa frase oyó que golpeaban la puerta. Era Amparo.

—Lucas, salía hacia la editorial y me pregunté si no necesitarías algo.

—¿Algo como qué?

—No sé, más papel, conversación, un sandwich…

Ofreció ella, mientras lo veía rodeado por un nuevo halo de atracción. Su amor oculto encontraba una razón más para crecer: él era un creador. Nunca lo había visto leer un solo libro y, de repente, le irrumpía esta pasión que lo llevaba a encerrarse a escribir durante horas. Él no había querido contarle la razón de ese repentino ataque creador. Lo que son las musas, pensó. Se sintió tentada de darle un beso, pero se reprimió: ¿qué pensaría Lucas de una mujer tan impulsiva? Sólo atinó a despedirse sin molestarlo.

—Bueno, me voy, te dejo mi paraguas por si necesitas salir.

—Cuídate… No, mejor cómprame cigarrillos; quiero decir, sí, cuídate, pero tráeme cigarrillos.

* * *

A treinta mil pies de altura, Günther von Bohlen und Reichenbach, furioso de celos, se preguntaba si el nuevo amigo de su mujer sería escritor, como los anteriores. Levantó la vista: Michelle dormía plácidamente en su asiento, ajena a sus preocupaciones, al viaje. Parecía inocente. Fritz, el valet, le alcanzó un papel:

—Nos llegó de África, señor, ¿preparamos el pedido?

Günther apenas lo miró e hizo un breve gesto de asentimiento.

* * *

Treinta mil pies más abajo, Lucas retomó la escritura:

¿Por qué no quiero acordarme de ese lugar de la Mancha? Ya no me acuerdo. Gregorio Samsa pensó en que alguna vez instalaría en ese lugar una fábrica de valijas, y la llamaría “Gregorite”. No, mejor usaría su apellido: “Samsonite”.

Lucas levantó la vista y vio a Amparo esquivando charcos de agua, mojándose. Miró el paraguas que ella le había dejado. Abrió la ventana y le dijo:

—No te olvides de los cigarrillos.

Siguió:

Gregorio Samsa creyó que estaba sufriendo una pesadilla, o al menos una livianilla, algo producido por una comida. No debía volver a ese basural. La basura tiene eso: es deliciosa pero después te hace soñar con coroneles frente a un pelotón de fusilamiento.

Al rato golpearon la puerta. El último párrafo había sido dificultoso y temió que a ese paso no acabaría nunca. ¿Qué le mostraría a Michelle? Abrió con cierto disgusto, era Amparo; regresaba empapada, traía un paquete de cigarrillos en sus manos.

—Están mojados (señaló Lucas).

—Ya te dejo trabajar, pero, ¿me contarás por fin cómo empezó toda esta historia de la novela?

No podía negarse una vez más. Sintió una mezcla de peso y alivio sobre sus hombros; las imágenes del presente se empezaron a esfumar y volvió a verse a sí mismo caminando por una calle, en otro día de intensas lluvias.

—Sí, sí… te lo contaré. (continúa)

Luis Pescetti, ensayos y ejercicios en www.unninounavoz.com

 

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