Cómo llegué a ser un famoso diseñador

05/07/2017

(Del libro Nadie te creería)


Cuando terminé la escuela secundaria y tuve que elegir una carrera, no tenía la menor idea respecto de cuál me gustaría más. No sabía realmente quién era yo y los tests vocacionales daban resultados como humanidades, Matemática o Medicina, u otros tan vagos que no ayudaron en nada. Sin embargo se acercaba el final del clases y había que elegir carrera, que es como mirar un menú más definitivo, porque no se acaba al salir del restaurante, sino que dura cuatro o seis años y luego deberás ser eso toda la vida, o deberías. Imposible pensar en compartir con mis padres semejante despiste porque, además, mis ganas iban por el lado de que quinto año durara más, ir de paseo seis meses a Europa (las puras ganas porque tenía un peso partido en mil), o qué lindas están las chicas de segundo. Pero ni asomo del fuego de la vocación. Con mis amigos podíamos estar horas y tardes enteras flotando en el limbo de las-ganas-pero-no-tanto, comiendo papas fritas, viendo películas malísimas los domingos por la tarde (en especial si eran días hermosos, con sol y aire fresco). Esto desesperaba a nuestros padres que ya hacía rato habían comenzado con sus preguntas sobre qué nos gustaría ser.

“Nada” o “Ni idea” no eran respuestas que los calmaran, por lo tanto hubo que inventar una respuesta camuflaje: Abogado. Sólo para que no continuaran machacando con sus preguntas. Abogado. Yo no me lo creía, ellos no se lo creyeron. Siguieron con sus preguntas.

La salvación vino por el lado de la clase de Francés. El profesor se enfermó, luego no era que se había enfermado sino que se mudaba, luego era que se separaba de su mujer, pero seguía viviendo en el pueblo. El caso es que dejó de dar clases y enviaron (no sé quién… “ellos”, alguien) enviaron a su reemplazante, que era una tipa joven, menos de treinta años y estaba más buena que portarse bien un siglo. Alta pero no tanto, delgada, pelo corto como un varoncito, muy femenina. Nos habló en Francés desde el primer día. No era del pueblo, así que viajaba constantemente y, si algún fin de semana se quedaba, aceptaba nuestras invitaciones a asados, picnics, que aumentaron progresivamente gracias a que aceptaba. Cerca de fin de clases, con el calor, dedicamos un sábado a poner en condiciones la pileta que uno tenía en su casa, trabajamos como chinos y al fin de semana siguiente, como si la pileta hubiera nacido recién, limpia y llena de agua, la esperamos, tomando sol, pues había aceptado nuestra invitación. Estaba charlando conmigo cuando se quitó el pareo y quedó en biquini. Detrás de mí escuché el ruido de uno que caía al agua, varios fueron a la cocina como a buscar bebidas, para mirar más descaradamente de lejos. Y yo por poco sufro de hernia en algún músculo que hay en los ojosy los mantiene quietos, mirando de frente. Me contó que su novio era aviador, y yo sentí la llama de la vocación que estallaba en mi conciencia: eso quería ser, aviador. Novio de ella. Aviador. ¿Cuánto se demora en aprender a pilotear? Podía regresar en un año o menos, y mostrarle que si la cosa iba por ahí yo también era aviador. Y más nuevo. Aviador. Llegué a casa y la idea era tan extraña, algo tan alejado a lo que habían llegado a imaginarse, que me creyeron.

Cuando fuimos a Córdoba, para inscribirme, resultó que ya habían cerrado la matrícula. Adiós a la francesa, soné. Habíamos hecho trescientos Kilómetros hasta Córdoba, y ya no aceptaban solicitudes. Enfrente de la academia quedaba la faculta de Arquitectura, y tenía una cola de futuros estudiantes que asomaba por la puerta principal. Trescientos Kilómetros. No podíamos regresar sin haber elegido carrera. Voy a averiguar, le dije a mi viejo por quitarme de encima el reflector de su cara y los trescientos Kilómetros y que otra vez empezarían las preguntas. Me formé último. Los demás traían cuadernos, reglas, lápices de colores, como si ya estuvieran cursando. Yo apenas si llevaba mi documento. Parecían gente alegre y enseguida me integraron a su charla, a lo mejor no era tan feo ser arquitecto. A la media hora siguiente la cola no había avanzado mucho, pero ya me imaginaba en mi propio estudio, sentado frente a una mesa grande e inclinada; hasta que llegó una chica apenas más baja que yo, de pelo largo y piel morena. Impresionante. Hermosa. Linda, linda, que dolía. Los labios rosados, no pintados, rosados de su carne rosada, resaltaban sobre su piel, como una fruta que se abrió. También venía cargada con cuadernos, lapiceras y una cámara colgando del hombro. ¿Ésta es la cola para anotarse en diseño?, me preguntó. No sé, a ver, será. Che, ¿para anotarse en diseño es aquí? Nada que ver, es el otro lado del edificio, respondieron en voz alta y mi cabeza arrancó a mil por hora y solté: Ah, ¿ésta no es la de diseño?, la miré y agregué: ¿Vas a diseño? Yo también, seguime.

Luis Pescetti, ensayos y ejercicios en www.unninounavoz.com

 

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