Crónicas de los ensayos

11/08/2012

pojo

foto: Gabriel Bordone

Ensayar con Marto, a las diez de la mañana, no es llegar cuando está recién despierto, sino recién dormido.

Edita en su estudio hasta quién sabe qué horas de la mañana, ¡y cae uno, imprudente, a ensayar a las diez!

Marto camina por su estudio con cara de pijama. Eso mientras conecta cables.

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Eras de brisa y te acercaste

22/11/2011

Eras de brisa y te acercaste
revolviendo mis tristezas,
preguntando mucho más
de lo que alcanza la certeza…

En La Habana, en casa de amigos, con el dúo Karma y Rita, luego de que ella cocinara y unos tamales, y unas paltas (aguacates) y que sus padres nos llenaran de ricas historias, y ya uno no sabía qué saboreaba entre tanta riqueza del alma se hizo ronda de canciones. De ese momento es esta grabación más que casera (hasta se oye el tintineo de la brisa en un llamador de ángeles, esas campanitas), y oí veinte veces la letra y no estaba segurop de algunas partes pero ya mandé a preguntar a Rita, y ahí va corregida por la autora. No la demoro, pues vieron que con lo del fin de año a uno le entra a urgencia del fin del mundo, como si el año no siguiera namás porque pasa del 31 al 1º.

Lo que quiero decir es: un abrazo, gentes, y todo lo mejor para ustedes, deseo expresado entre los renglones de esta bella canción de Rita que, generosamente, nos autorizó a compartirles.

Ahí les va y no digan que no les dijimos.

Luis

mp3 completo: click acá

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Crónica de la gira por México (3)

12/07/2011

El tercero de los señalados pedidos era uno que, en lo que se cocinaba el helado (tal cual), la dueña de casa me pidió que leyera en voz alta. Arrancaba flexible: le pedía a San Antonio que quería un hombre de entre 1,70 y 1,80. Eso está bien porque le da un margen al santo, no es que de entrada le salía con un quiero un hombre de 1,79 por ejemplo. Pero después seguía y seguía, que fuera bueno con los hijos (que todavía no habían tenido) y que fuera paciente (ahí no aclaraba de qué psiquiátrico) y que fuera esto y lo otro. Desde la media página en la que empezaba, hasta el final de la página. Di vuelta y seguía la descripción completando la otra página. Con lo cual era tal la recalcada exactitud que a uno ya le entraba la sospecha de si no había sido una visión lo de esta mujer, y se seguía taladrándole la oreja al santo desde el final de esa página (acuérdense un libraco de esos de actas) hasta la mitad de la otra página, y aquí es dónde les voy, porque lo bien toreado es lo bien rematado, como suele decirse, pues en el mero final de la detallada descripción de características remataba con un glorioso:

“O eso o algo mejor”.

Y ahí hasta daban ganas de ser el santo y cumplirle; por lo bueno que estaba ese final tipo “ahí se lo dejo a su criterio” o “lo que usted guste, patrón”.

Se ve que me quedé pensando porque al otro día lo incluí en una charla juntándolo con aquello de que Dios escribe derecho con letras torcidas, porque cómo es que uno elige en el amor. Uno dice: “Me gustaría alguien que fuera…” y ahí se suelta con un par de renglones de ideal para vivir un amor ideal. Después te encontrás en pareja, un buen día te acordás y comparás la lista con quien duerme con la boca abierta a tu lado, y exclamás:

- Ah, caray, ¿y a qué horas me llegó el encarguito?

Porque no se parece en nada, en casi nada, en bastante poco, en lo esencial sí, en lo que más nos importa sí. Como dicen en México que qué significa “nuera”: “nu’era lo que quería para mi hijo”.

Y sin embargo, en la buena mayoría, pasan los años, la vida y te encontrás con que no era lo que buscabas pero terminó siendo lo que querés.

O bien: no era lo que me imaginaba, y menos mal.

Porque incluso ¿no es que da algo de cosita si uno oye a una persona que planificó exacto y consiguió exacta la medida? Uno se quedaría medio friqui, como sintiendo que hubo un demasiado de control un “Nunca tentregates, corazón”.

Porque se suponía que el corazón tenía razones que la razón no iba a entender… y tanto que ni lo dejó hablar.

Como le pasó a una amiga que fue a uno de esos negocios que venden desde corbatas hasta pasteles, porque cumplía años su padre y necesitaba de los dos extremos. Saliendo de ahí iba un señor delante de ella con un pequeño paquetito de la mano, y ella con sus bolsas y bolsas, y el cuate con su paquetito, y ella con su cargadera. Hasta que el inocente oyó que alguien le caminaba cerca, voltea, nota las bolsas y le comentó coqueto:

- Parece que venimos del mismo lugar.

Pero ella, ni que la hubiera atacado un daemon griego le soltó:

- Sí, y como siempre, yo soy la que le toca cargar todo, y el señor lo más tranquilo con un paquetito ligero.

Y el cuate, que no era lento para la negociación, tomó el convite y le retrucó:

- Porque, como siempre, tú eres la que le antoja comprar y comprar de esto y de lo otro, y yo ahí gastando tus caprichos.

Ni se conocían, quiero aclarar, les dio el impromptus, ¡y moles, mis compadres! Mi amiga terminó ennoviando con el ñor ése, por andar abriendo la boca.

Ni se lo esperaba, y menos hay manual que diga:

“Si el azar la lleva a caminar detrás de un desconocido, suéltese con un reproche, antes de saber si le gusta, y caerá rendido en sus brazos”

Pues no.

Entonces viene que pasan esos días o esos años y uno aprende y conoce esa extraña mezcla entre la sorpresa y lo que siempre supimos que así sería. Entre nunca me lo imaginé así, y: fue lo bueno.

O lo posible. O lo inasible.

Tampoco uno le va a decir: “Ábranse al misterio”, ¡qué tarugada es ésa! que por no mirar luego uno se mete con cada bicho, no.

Sino más bien que por eso, por lo de que Dios escribe derecho con letras torcidas, y por lo mismo la carta de la ñora ésa que hizo su buena descripción precisa de lo que quería, y tuvo a bien agregarle “O eso o algo mejor”, porque por ahí le agarra al amor: por no va a ser cómo tú pensabas pero va a ser como tú querías. O eso, o algo mejor. Tal cual.

No sé si me entienden, yo más o menos… y por lo mismo.

Luis

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Crónica de la gira por México (2)

04/07/2011

foto tomada del sitio del restaurante

Y ahí estuvo que, luego de la actuación, en Morelia, nos invitaron a cenar en San Miguelito un hermoso restaurante que, como su nombre lo indica, tiene una sala dedica a San Antonio. Este San Antonio es de Padua o también conocido como de Lisboa, que allí nació, hace un buen y, por lo que sea, la tradición popular le encomienda buenos casamientos y, si no cumple: se lo castiga poniéndolo de cabeza… hasta que se haga ver con un buen marido. La Iglesia dice que esto es superstición, pero al fin que ellos ni se casan, así que ¿qué se meten si no se meten?

Pero, un paso atrás: el chóu estuvo de lo más bueno y, en lo que a mí me toca, lo digo por parte de abuelita, pero sobre todo porque el público era muy padre y estaba de lo más divertido. Entonces, sobre el bis, me da por decir unas palabras muy emocionadas, que por el momento que se vive y la necesidad de alegría, pues eso sentía que estaba en el ambiente, algo que iba más allá del show.

Y en ésas estaba de poner bien la lengua y no meter la pata diciendo lo que quería decir, y que esa necesidad de esperanza era lo que nos unía hoy, y me interrumpe el choro el grito de un niño:

- ¡No! ¡Vinimos porque queríamos verte en vivo!

Y ya pa’qué, nos reímos todos y seguí con los bises.

Ahí fue que nos invitaron a cenar y nos ubicaron, vaya uno a saber por qué, en la sala de las solteronas, así llamada porque tiene: oigan bien sus ojos: setecientos San Antonio puestos de cabeza. No sé cómo vaya el plural, si es que va, a ver: setencientos santos antonios (horrible).

Entonces las muchachas, pero aseguran que los hombres también, van y hacen sus pedidos al santo con menos sangre en las patas de todo el santoral. Así nos explicaba Cinthia, muy dueña del lugar y que con toda amabilidad nos hizo honor de preparar un rico postre que llevó su buen tiempo, por suerte, en lo que nos explicaba. Que las fotos de parejas, eran de a quienes les había cumplido el santo. Que el más pequeño tiene un centímetro (o para un pedido pequeño o secreto será), y el más grande ocupa el centro del salón, con más de dos metros, canijos! Dos metros de necesidad humana puestos de cabeza, ¡eso sí es un caso difícil! Inocultable, por lo menos, eso que ni qué.

- Ven a comer a casa, Arturo.
- ¡Cómo no, señora! ¡Uy, oiga se les volteó la estatua!
- Ay, ni le hagas caso, tú relájate.

Y moles, que le casan hasta los bisnietos al Arturo del ejemplo.

El caso es que los pedidos, para que conste en actas, los escriben y en un libro de ídem. Ya llevan como 25 libros de actas, completísimos de pedidos. Y destacamos tres casos:

El más largo: 20 (leáse: veinte) páginas de pedido, mis compadres. A lo que me imagino que el santo diría: “O te oigo o te cumplo, mi reina”. Veinte páginas de prosa anhelante.

El más corto; una verdadera joya del resumen:

“San Antonio: ¡ya!”

(que, para los que no viven o no conocen México, no se lee con tono de súplica, sino con imperativo: de “ya no friegues”, “hasta aquí llegamos”).

Y el tercero, lo dejamos para la otra crónica.

Que esto que l’otro

salud.

Luis

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Crónica de la gira por México (1)

28/06/2011

Mis queridos: para qué les voy a mentir si la pura realidad no se puede creer… La gira estuvo buenísima y si no me creen le preguntan a mi abuelita.

El viaje empezó con un taxista, bueno, el viaje empezó llegando, como todos, o saliendo, pero más llegando porque acá dependíamos del volcán, que sí dio lugar.

Luego empezó con un taxista que había sido boxeador y me contaba que su segunda mujer lo dejó chillando cuando lo dejó, y ahora ya había salido de todo en lo que se había metido por salir de esa tristeza. Así nomás, el primer viajecito.

Luego, y sin seguir el desorden cronológico: un día nos regresamos con Enrique del teatro y no había cómo cruzar Reforma pues estaba la marcha de orgullo gay, es decir: sí se podía cruzar, pero a lo largo y orgullosos, por así decirlo. Y nosotros necesitábamos cruzarla a lo angosto: de vereda a vereda nomás, y orgullosos también, cómo que no, pero porque el show había estado bueno.

Y cruzamos, que ni qué, en medio de fotos y quienes se fotografiaban. Pero por la noche México le ganó el partido a “Estados Unidos del básquet”, porque le ganó jugando al fútbol, y por mucho. Entonces Reforma se volvió imposible de cruzar, pero por otra raza, y también orgullosa.

Pero a la mañana siguiente, nada más, ya cortaban Reforma pero por los ciclistas; y más al mediodía la marcha por los derechos de los animales…

(“por marchar no paramos”, como dicen allá)

Entonces yo imaginaba que si se producía una invasión marciana o extraterrestre, por poner un ejemplo cercano, y el capitán al mando les pidiera:

- ¡Me mandan un perfil de la ciudad a invadir!

Lo dejaban para otro día lo de la invasión, se los aseguro.

Y eso porque no les conté de un restaurante con 700 San Antonio puestos de cabeza (sí, setencientos… así suena a más), que lo dejo para otro día.

un abrazo

Luis

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Crónicas del pueblo 4

31/10/2010

Después de la siesta, y de tomar mates, salí en bicicleta a buscar el camino más cercano. No fue mucho, quizás una hora entre ir volver. Enseguida se sale del pueblo y se va por camino de tierra. Y apenas otro poco y ya iba entre campos. Pasó una avioneta, me detuve a mirarla, seguí pedaleando. En el primer tramo había viento en contra, se sentía cada pedaleada, es una bicicleta muy elemental, no tiene cambios. Cuando doblé hacia el noroeste ya no tenía viento en contra, disfrutaba el paseo. Llano, llano y más llanura, campos sembrados, montes un poco lejanos, árboles al costado del camino, huellas, cunetas, casas de campo, algunas viejas con ladrillos a la vista. Pero solo, no silbé porque iba muy atento al momento, no estaba distraído, sólo mirar, y mirarme mirando, y el ruido de las ruedas por la tierra, y el de las latas de esta medio desvencijada bicicleta.

Cerré la manguera, ya hay bastante agua en el patio, hasta se siente más fresco el aire.

Me pregunto. ¿que recorrí? ¿Dónde estuve? Geográficamente es muy fácil decirlo: en tal casa, en tal pueblo, en tales caminos.

Pero, de nuevo: ¿Qué recorrí? recorriendo esos lugares, ¿qué alimentaba? o ¿qué repasaba? Estaba en ese pueblo y en esos caminos, muy reales y en ninguna otra parte, pero ¿en qué tiempo? No es uno solo, corrijo la pregunta, hay un tiempo que es presente y tan cierto como lo que se puede señalar en un mapa; pero además de ése, ¿en qué otros tiempos estuve? Simultáneamente, ¿en cuántos momentos de mi vida?

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Crónicas del pueblo 3

31/10/2010

Llegué al pueblo, busqué la bicicleta, le inflé las gomas, y salí a “hacer los mandados”. En este caso fue tomar rumbo hacia el cementerio, llegar a la entrada del camino, todavía quedaba un largo trecho porque está en las afueras, y detenerme en los puestos de flores. A uno de ellos mi vieja le compraba las flores. Compré claveles rojos y blancos. Pagué y fui al siguiente, a pocos metros. “Un poco y un poco”, expliqué y compré otros dos ramos, pero de claveles pequeños: amarillos rojos y rosados. Los coloqué en la canasta y seguí pedaleando. Ahí ya llevaba una bolsita con la tijera, un trapo y una botella de plástico, vacía. Los elementos que llevo siempre. Llegué al cementerio, dejé la bicicleta, cargué agua en la botella y paré delante (¿cómo ponerlo?) delante de mi tío. Saqué unas hojas, limpié, eché agua y dispuse unos claveles rojos y rosados, detrás un poco de verde. Una oración. Seguí hasta los viejos, limpié, conversando y contando asuntos, eché agua y dispuse dos arreglos iguales, como siempre hago, esta vez: dos claveles rojos y dos blancos para cada uno, sobre una base de una nube de pequeños claveles amarillos. Me senté a pensarlos, cerré los ojos y sentí tibieza en el pecho, no una emoción, sino una leve percepción de temperatura, llegaba de afuera. Su presencia. Recogí el resto de flores y verde, la bolsita, el botellón de plástico y fui hasta dónde los nonos (abuelos). Limpié, puse agua y el resto de los claveles rosados y rojos, con abundante verde de fondo. Una oración. Regresé en la bicicleta, por otro camino que no suelo tomar cuando voy en auto. Pensar, pero no con la mente, sino pedaleando, y si voy por un lado es pensar unas cosas, y si voy por otro, son otros pensamientos.

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Crónicas del pueblo 2

31/10/2010

En este viaje todo empezó con el final de una entrevista de radio. Para cerrar, el periodista me pidió que evocara un ruido, uno que fuera significativo para mí. Mientras me explicaba, por los auriculares escuchábamos un música emotiva y, un poco entremezclada, la voz de Julio Cortázar en esa grabación tan conocida. No terminó la explicación que yo sabía cuál contaría. Expliqué: desde los 11 a los 17 años fui cadete, primero en una librería, luego en el hospital del pueblo, y finalmente para dos hermanos que arreglaban electrodomésticos. En el hospital fueron casi cinco años y una de las tareas consistía en ir a buscar leche a la cremería. Yo tenía una bicicleta de reparto, de gomas anchas, y el último tramo del camino era de tierra, en invierno con escarcha. El ruido que recordé era el de la rueda en el camino de tierra, un sonido contínuo, “rrrrrrrr….”, porque la goma tenía unos cuadrados pequeños. Y así vino el recuerdo de todas las mañanas de mi adolescencia, desde los 13 a los 17 años, yendo a buscar leche, silbando y oyendo mi propio silbido o el ruido de la rueda en la tierra, envuelto en pensamientos que, en su mayoría, eran sobre lo que me gustaría hacer, lo que quería ser, proyectos y proyectos. La mente, lanzada, apoyando el pie en el futuro.

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