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A veces falta poco.
A veces falta un brazo.
A veces falta una palabra.
A veces no falta nada.
A veces falta un abrazo.
A veces falta silencio.
A veces falta estar solo.
A veces no falta nada.
A veces falta un paisaje.
A veces falta vuelo.
A veces falta arrojo.
A veces no falta nada.
(del libro La Enciclopedia de las Chicas Perla) Toda la historia se divide así: la edad de hierro, la de bronce, el paleolítico, el católico y la edad de piedra, y después sigue hasta hace un año. Porque el año pasado ya entró en la historia, por ejemplo, pero ahora todavía no, porque es “este añoâ€.
Antes la música era el sonido de los pájaros o el trueno, y esos antepasados oían un trueno y se imaginaban que se enojó un dios, ponele ¡Ja ja ja! ¡Más pavos! ¡Mirá si va a ser eso!
(del libro La Enciclopedia de las Chicas Perla) En la antigüedad antes de la prehistoria la gente no chateaba porque uno le podías poner una computadora adelante y capaz que se la quedaban mirando y ni sabían qué hacer como el Rafles que ¡qué suerte que no vivió por ahí! porque había dinosaurios y animales ¡más peligrosos! Con lo pavo que es él capaz que se ponía a ladrarlos y ni ve que eran grandes como una montaña por no decir el peligro.
Otra música de la antigüedad eran los Beatles, que a mis papás les regustan pero ellos no son de la antigüedad, nada más que leen así, y saben de varias cosas, creo.
Queridos niños, la vida es tan breve y tan extensa a la vez que incluso hay veces en que uno llega a ver a sus propios padres como niños.
Debo corregirme, no exactamente como niños, sino de la misma manera como ellos nos ven a nosotros cuando niños.
Llámese con ternura, con paciencia, con comprensión, queriéndolos apoyar o, simplemente queriéndolos, con una dulzura que los cubre, mientras ellos descansan o no advierten que los observamos.
¿Qué cuento le hubiera contado a mi madre cuando era niña?
Me hubiera gustado ser un adivino y leerle su mano.
Ayer hice un viaje; no tenía para oír CD’s y puse la radio. Fueron más de cinco horas oyendo AM, y las mismas noticias de radio a radio, estiradas hasta el infinito. En la mayoría de los casos sin guión, en el mejor de los casos leyendo la nota… que había escrito otro periodista.
Poquísima información, en medio de ríos de especulación y sentencias a priori.
Quedé harto y anestesiado. Se me juntó con las cartas, los comentarios, que recibo de niños y jóvenes, con las conversaciones que tengo con ellos, cada vez que puedo.
Vino una frase: ¿Cómo es la tabla del nueve si, en el noticiero, veo que un juez aceptó un soborno? Y no quería decir que si un juez acepta un soborno entonces no vale la pena aprender matemáticas. No, eso no. Lo que quería expresar mi frase es el esfuerzo que representa, para quien aprende las reglas, ordenar lo que recibe de la realidad. Mostrar qué es lo que se rompe cuando desde el lugar "del orden", de las instituciones se violan las reglas.
El titánico esfuerzo que ellos deben hacer, que todos hicimos.
El que hay que entender, ayudar, con las herramientas que tengamos, o con las dudas que compartamos.
A ellos les llega esa brecha entre lo que les enseñan, y lo que ven del mundo real. Luego esa brecha se traslada a lo que se habla, o se deja de hablar.
Mi frase no quería ponerlos como "los pobrecitos" de esta historia, más bien me preguntaba qué podemos hacer para no repetir esa historia, para que no aprendan desencanto, para no apagarles su entusiasmo.
Oración del buen alumno
¿Cómo es la tabla del nueve
si, en el noticiero, veo que un juez
aceptó un soborno?
¿Cuánto es seis por cuatro
si me entero de que un policía participó de un secuestro?