Nacer y convivir vienen juntos.
Uno llega al mundo sin siquiera saber hablar y ya tiene que negociar con la madre si tenés hambre, si te ensuciaste, si tu hermanito te sacude mientras te mira con amor.
La familia, la pareja: cualquiera sean su conformación y creencia, son terrenos de convivencia. Compartir un mismo espacio a la misma hora, termina convirtiéndolo en un territorio.
Uno pide una cosa, ofrece otra; obtiene algo, renuncia a algo.
A ese sutil o desaforado equilibrio lo llamamos amor filial, fraternal, paternal.
Y una cosa que no ayuda nada es que cada vez que se habla de familia, hermanos, pareja… se lo hace con una idealización, un tono rosado, edulcorado, almibarado, lleno de angelitos que vuelan como moscas… que deja afuera muchas experiencias que nos pasan.
Sería como llevar el auto al mecánico: “Mirá, me hace un ruidito como un cuic cuic”, y que el tipo te abrazara emocionado, y te dijera que viajar es gozar de espléndidos paisajes, que el auto es una máquina maravillosa y compleja. “Lo que pasa que cuando hace cuic sale humito” (insiste uno); pero el tipo nada: te explica que ese auto representa el trabajo de generaciones y generaciones. Así no nos ayudaría.
Con la familia, la pareja y los niños ocurre algo similar. En una palabra: nos falta manual.
Y que no nos vengan con que no hay reglas, que no hay fórmulas, que no hay manual para esto.
¿Cómo que no los hay? Si nos pasamos reviendo y negociando cada cláusula día a día.
Que no lo volquemos en papel es otra cosa.
(1970) For a while, (Por un momento) de Bob Gaudio, Jack Holmes.
Perdida en el día a día cambié de camino (tomé otro rumbo), con una risa, un saludo amable, una pequeña charla (una charla sin importancia) con los que conozco, olvidé que no terminé con vos, por un momento (en el sentido de que aún no lo superó, "que sigue enganchada").
Una señal, una mueca cómoda, una sonrisa donde ponerlas; con historias de otras vidas para escuchar, y con algo de trabajo que debo terminar, olvidé que no terminé con vos, por un momento.
Los días pasan sin sentimientos vacíos hasta que recuerdo que ya no estás. La gente me dice "Necesitás compañía, cuando tengas algo de tiempo libre salí a pasear y encontrá un amigo". Olvidan que no terminé con vos, por un momento.
Amy Tan (1952) es una autora estadounidense, hija de padres chinos, es conocida por otra novela, llevada al cine: El club de la buena estrella".
Ahora compartimos un fragmento de su maravillosa novela La hija del curandero, publicada por Random House Mondadori, en su colección Debolsillo (traducción de Ma. Eugenia Ciocchini.
Y así los invitamos a que conozcan este libro.
(fragmento)
Pocos días después , las alumnas y yo llevamos los carteles a la feria. Kai Jing me acompañó y comenzó a hablar en murmullos mientras caminaba a mi lado. En la mano llevaba un pequeño libro de pinturas hechas sobre papel de morera. En la tapa se leía: Las cuatro manifestaciones de la belleza
-¿Te gustaría ver lo que hay dentro?- Preguntó.
Cualquiera que nos oyera habría pensado que hablábamos de lecciones de escuela. Pero hablábamos de amor.
Este es un libro de un autor al que encuentro muy relacionado con Jürg Schubiger (Cuando el mundo era joven todavía).
Compartimos el que es su cuento más conocido, y los animamos a buscar el libro, que se consigue en "Ediciones de la flor" (Argentina). Como verán, el mío está un poco leidito
* * *
La cebra cuentista
Hubo una vez un gato de Siam que pretendía ser un león y que chapurreaba el cebraico.
Este idioma es relinchado por la raza de caballos africanos rayas.
He aquí lo que sucede: una cebra inocente está caminando por la jungla y por el otro lado se aproxima el gatito; ambos se encuentran.
“¡Hola!- dice el gato siamés en cebraico pronunciado a la perfección-. Realmente es un lindo día, ¿No? ¡El sol brilla, los pájaros cantan, el mundo es hoy un hermoso lugar para vivir!”
Cuando el mundo era joven todavía, de Jürg Schubiger, (Ed. Anaya).
La imaginación de este autor y su modo de narrar son sorprendentes. Parecido a otro autor que presentaremos en el blog: Spencer Holst. No sólo por los caminos inesperados, sino por cómo son de creíbles. Puede ser extraño y sin embargo uno continúa porque hay algo sensible y cierto. No es un disparate que se solaza en sorprender, sino un camino torcido y necesario.
Compartimos un texto y los animamos a conocer este maravilloso libro.
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El gran pan
En una ciudad vivía un panadero que poseía un gran horno. Era el único panadero de la ciudad, y el horno era como una iglesia de grande.
Una tarde, el panadero reunió todas sus existencias.
Sacó del almacén sacos de harina y cogió agua, levadura y sal. Preparó la masa en una artesa en la que cabían veinte personas.
Con esta novela ocurrió algo que me llamó la atención: me encontré con gente que no quiso leerla pues se había hecho una película a la que consideraron demasiado glamorosa o "hollywoodense". El caso es que se perdieron una novela que tiene una estructura hermosamente construida, unos personajes muy profundos, un conflicto que atrapa, y una historia de amor de aquellas, por decir algunas características.
Les compartimos un fragmento y los animamos a leerla.
(…)
Estoy convencido de que, cuando conocemos a las personas de las que nos enamoramos, hay un aspecto de nuestro espíritu que hace de historiador, un poquito pedante, que imagina o recuerda una ocasión en que el otro pasó por delante con total inocencia, del mismo modo que Clifton podría haberte abierto la puerta de un coche un año antes y no haber advertido el sino de su vida.
En el programa de radio leí un fragmento de El hombre del Techo, una hermosa novela juvenil de Jules Feiffer (Ed. Anaya).
Jimmy es un niño al que le encanta dibujar historietas, pero tiene un problema: no le salen bien las manos de sus personajes. Lester es su tío, quien llevaba años de fracasar intentando escribir comedias musicales. El tío Lester, "fracasado" de la familia, acaba de lograr un éxito en Brodway y conversa con Jimmy mientras revisa los dibujos de éste.
El título hace referencia a un pasaje de la Biblia. El libro narra la historia de la relación entre dos hermanas gemelas, y sus vidas, pero contado por la hermana menos valorada.
Katherine Paterson
colección Noguer joven
ed. Noguer y Caralt
(…)
Estaba yo allí sentada, saboreando el día, pensando en lo contento que se pondría mi padre cuando, al volver de pescar cangrejos, le llegase el olor de su sopa preferida, envolviendo a mi hermana y a la abuela en sentimientos de afecto que ninguna de las dos merecía cuando dijo Caroline: