Después de la siesta, y de tomar mates, salí en bicicleta a buscar el camino más cercano. No fue mucho, quizás una hora entre ir volver. Enseguida se sale del pueblo y se va por camino de tierra. Y apenas otro poco y ya iba entre campos. Pasó una avioneta, me detuve a mirarla, seguí pedaleando. En el primer tramo había viento en contra, se sentía cada pedaleada, es una bicicleta muy elemental, no tiene cambios. Cuando doblé hacia el noroeste ya no tenía viento en contra, disfrutaba el paseo. Llano, llano y más llanura, campos sembrados, montes un poco lejanos, árboles al costado del camino, huellas, cunetas, casas de campo, algunas viejas con ladrillos a la vista. Pero solo, no silbé porque iba muy atento al momento, no estaba distraído, sólo mirar, y mirarme mirando, y el ruido de las ruedas por la tierra, y el de las latas de esta medio desvencijada bicicleta.
Cerré la manguera, ya hay bastante agua en el patio, hasta se siente más fresco el aire.
Me pregunto. ¿que recorrí? ¿Dónde estuve? Geográficamente es muy fácil decirlo: en tal casa, en tal pueblo, en tales caminos.
Pero, de nuevo: ¿Qué recorrí? recorriendo esos lugares, ¿qué alimentaba? o ¿qué repasaba? Estaba en ese pueblo y en esos caminos, muy reales y en ninguna otra parte, pero ¿en qué tiempo? No es uno solo, corrijo la pregunta, hay un tiempo que es presente y tan cierto como lo que se puede señalar en un mapa; pero además de ése, ¿en qué otros tiempos estuve? Simultáneamente, ¿en cuántos momentos de mi vida?
Llegué al pueblo, busqué la bicicleta, le inflé las gomas, y salí a “hacer los mandados”. En este caso fue tomar rumbo hacia el cementerio, llegar a la entrada del camino, todavía quedaba un largo trecho porque está en las afueras, y detenerme en los puestos de flores. A uno de ellos mi vieja le compraba las flores. Compré claveles rojos y blancos. Pagué y fui al siguiente, a pocos metros. “Un poco y un poco”, expliqué y compré otros dos ramos, pero de claveles pequeños: amarillos rojos y rosados. Los coloqué en la canasta y seguí pedaleando. Ahí ya llevaba una bolsita con la tijera, un trapo y una botella de plástico, vacía. Los elementos que llevo siempre. Llegué al cementerio, dejé la bicicleta, cargué agua en la botella y paré delante (¿cómo ponerlo?) delante de mi tío. Saqué unas hojas, limpié, eché agua y dispuse unos claveles rojos y rosados, detrás un poco de verde. Una oración. Seguí hasta los viejos, limpié, conversando y contando asuntos, eché agua y dispuse dos arreglos iguales, como siempre hago, esta vez: dos claveles rojos y dos blancos para cada uno, sobre una base de una nube de pequeños claveles amarillos. Me senté a pensarlos, cerré los ojos y sentí tibieza en el pecho, no una emoción, sino una leve percepción de temperatura, llegaba de afuera. Su presencia. Recogí el resto de flores y verde, la bolsita, el botellón de plástico y fui hasta dónde los nonos (abuelos). Limpié, puse agua y el resto de los claveles rosados y rojos, con abundante verde de fondo. Una oración. Regresé en la bicicleta, por otro camino que no suelo tomar cuando voy en auto. Pensar, pero no con la mente, sino pedaleando, y si voy por un lado es pensar unas cosas, y si voy por otro, son otros pensamientos.
En este viaje todo empezó con el final de una entrevista de radio. Para cerrar, el periodista me pidió que evocara un ruido, uno que fuera significativo para mí. Mientras me explicaba, por los auriculares escuchábamos un música emotiva y, un poco entremezclada, la voz de Julio Cortázar en esa grabación tan conocida. No terminó la explicación que yo sabía cuál contaría. Expliqué: desde los 11 a los 17 años fui cadete, primero en una librería, luego en el hospital del pueblo, y finalmente para dos hermanos que arreglaban electrodomésticos. En el hospital fueron casi cinco años y una de las tareas consistía en ir a buscar leche a la cremería. Yo tenía una bicicleta de reparto, de gomas anchas, y el último tramo del camino era de tierra, en invierno con escarcha. El ruido que recordé era el de la rueda en el camino de tierra, un sonido contínuo, “rrrrrrrr….”, porque la goma tenía unos cuadrados pequeños. Y así vino el recuerdo de todas las mañanas de mi adolescencia, desde los 13 a los 17 años, yendo a buscar leche, silbando y oyendo mi propio silbido o el ruido de la rueda en la tierra, envuelto en pensamientos que, en su mayoría, eran sobre lo que me gustaría hacer, lo que quería ser, proyectos y proyectos. La mente, lanzada, apoyando el pie en el futuro.
Limpié la mesa de granito que está en el patio. Ahora estoy sentado mirando las plantas. La enredadera, los rosales. Uno, amarillo, que está desde que yo tenía quizás seis años. Hace muchos años un viento lo arrancó de cuajo, volvió a crecer y ahora sigue lleno de rosas amarillas. Un limonero cargado. Puse la manguera para regar el patio, no llueve, falta agua. En cualquier momento comenzará a sonar el bombeador, otro ruido conocido y que remite no a mi infancia, sino a mi vieja lavando ropa que yo había traído, ella se había levantado antes, y a mí me despertaba el motor del bombeador. Toma el agua de una vertiente subterránea.
El ruido de su motor me recuerda esas mañanas, la placidez de despertarme sabiendo que estaba (estoy) en mi casa de infancia, en casa de los viejos, que había venido por unos días de descanso, un paréntesis. Una confirmación de que todo seguía en su lugar, un refugio, no importa lo que hubiera cambiado en mi vida, o lo que fuera a cambiar, no importaba la incertidumbre, frente a esta certeza: la casa, su ritmo, la vieja, el aljibe, la luz fresca de la siesta, desayunar. Mi lugar en el mundo.
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Un largo camino hasta “Malaika”
Yo creía que Malaika era una canción de cuna; la aprendí, como a tantos juegos, de Lucio Margulis. No la recordaba completa, apenas anotamos un poco de la fonética y la melodía. Hace un par de años recibí un mail de una familia, asombrada de encontrar su apellido como título de una novela, y es que ellos se llaman… “Frin”. Nos encontramos en un bar. En las reuniones familiares cantaban una canción: Malaika. Me la enseñaron, así la completé y puse en la página, en el cancionero. Siempre convencido de que era una canción de cuna, hasta me parecía entender que decía “poupée” (“muñeca”, en francés).
“En la salita de 3 años, cada día ni bien llega, una niña anuncia qué Luna hay (Luna llena, cuarto menguante… etc.)”, me contó Magdalena.
Le preguntaron a los padres de dónde venía eso, y resultó que, una noche se había puesto a llorar pues la Luna había desaparecido.
Le explicaron y, a partir de ahí salió que sabe e informa en qué momento del ciclo está la Luna.
Se sintió tranquila sabiendo e informando. O le dio satisfacción o gusto saber…
o va a ser astronauta, astrónoma,
o alguien dedicada a calmar a los demás con información cierta,
o estudiosa de los ciclos de la vida.
o maga, o quién sabe.
Por lo pronto, me inspiró esta canción.
Les comparto dos borradores (¡eso no se hace!) el primero grabado en casa, y el segundo me lo envió Fernando Yáñez (con quien hicimos Primer sueldo), desde Montevideo cuando se la envié y, también, a boca pronta, grabada en su casa con la voz de Susana Bosch.
Como todo se puede y debe mejorar, en cualquier momento, quién sabe, a lo mejor tal vez, ponemos otras grabaciones, pero por razones de entusiasmo, ahora van estas:
versión casera-borrador-¡ay, yo con estos pelos! que Luis les envió: mp3 completo click acá
versión casera que los uruguayísimos Fernando Yáñez y Susana Bosch le devolvieron: mp3 completo click acá
Mourir pour des idées,
l’idée est excellente
Moi j’ai failli mourir
de ne l’avoir pas eu
Car tous ceux qui l’avaient,
multitude accablante
En hurlant à la mort
me sont tombés dessus
Ils ont su me convaincre
et ma muse insolente
Abjurant ses erreurs,
se rallie à leur foi
Avec un soupçon
de réserve toutefois
Mourrons pour des idées,
d’accord, mais de mort lente,
D’accord, mais de mort lente
Morir por las ideas,
la idea es excelente
yo estuve a punto de morir
por no haberla tenido,
pues todos los que la tuvieron,
multitud aplastante,
aullando a la muerte
me cayeron encima.
Ellos supieron convencerme
Y, mi musa insolente
abjurando de sus errores,
se une a su fe.
Con una pizca
de reserva, sin embargo:
muramos por las ideas,
de acuerdo, pero de muerte lenta,
de acuerdo, pero de muerte lenta.